31 dic. 2011

Sprawl II

El mundo empieza en el mar y termina en la selva.
El centro del mundo: entre las calles de San Andrés y Loma Bonita.
El mundo no es más que una extensión del mundo.
El mundo es un suburbio de mis suburbios.
El mundo es muy pequeño y por lo mismo infinito.


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25 dic. 2011

Do They Know It's Christmas?

Los trámites vehiculares (y todos sabemos, como dice un amigo, que Kafka es una nena comparado con la SETRAVI) me obligaron a visitar Parque Delta pocos días antes de Navidad. Aunque no soy un visitante recurrente de los centros comerciales, de alguna forma les tenía cierto cariño: Todo adolescente veracruzano tuvo una relación especial con Plaza Américas; en esa ciudad que encarna el aburrimiento cuando tienes 15 años, aquel centro comercial se convirtió en el sitio paradigmático de nuestra adolescencia. Ahí muchos tuvieron su primer beso, su primer contacto íntimo en lugares públicos, su primera desilusión (algunos tuvieron todo el mismo día) y por supuesto todos pasamos incontables horas de tedio sabatino dando vueltas a esa plaza: aún recuerdo muchas tardes que se antojaban infinitas viendo la avenida Ruiz Cortines, los hoteles y el mar desde la entrada del Sanborns. Nuestros primeros contactos con el amor y el aburrimiento insufrible estuvieron rodeados del olor artificial del aire acondicionado y el detergente industrial que hacía aún más blanco el piso.

Cuando llegué al DF y durante mi estancia en el heróico CCH Sur continué una costumbre que empecé en Veracruz y afortunandamente ya no conservo: pasar horas en el MixUp contemplando discos que jamás compraría y escuchando las últimas novedades hasta el cansancio. La soledad para mí es una tienda de discos donde siempre sales con las manos vacías. Igualmente adquirí la inconveniente idea de que contemplar algo es igual de fructífero que poseerlo. Tanto en Perisur como en Plaza Américas era conocido por los empleados del MixUp y más de una vez les pareció motivo de celebración que yo comprara algo. Sin duda compartía su alegría.

Desde entonces pensé en los centros comerciales como en sitios idóneos para la dispersión; un refugio casi zen donde uno se olvidaba de todo siguiendo el hipnótico brillo de los aparadores y las lecturas gratuitas en la sección de revistas del Sanborns. Los centros comerciales hasta hace poco me parecían lugares extrañamente agradables aunque casi nunca pusiera un pie en ellos. Todo cambió repentinamente esta semana.

Parque Delta, de entrada, es un lugar que no debería existir. Siempre que paso junto a esa plaza (y es seguido pues un querido amigo vive enfrente) pienso en el desaparecido parque de béisbol del IMSS donde algún par de veces vi partidos olvidables de ligas menores (porque el béisbol es otra encomiable forma de la dispersión). Mi padre, por su lado, conserva recuerdos nada agradables de ese sitio adyacente al Viaducto: si algo recuerda del terremoto del 85 es ese estadio de béisbol lleno de cadáveres. Ese hecho revela una triste certidumbre: todo lugar que fue construido para albergar la alegría pública puede servir eficientemente para reunir la tragedia generalizada. Al entrar a Parque Delta, luego de media hora de buscar estacionamiento (el Santo Grial de los capitalinos), noté que aún conserva la forma de un estadio: me es inevitable recordar unas gradas inexistentes en esos pasillos que desde un helicóptero se ven como una "L". Ante el estacionamiento lleno situado donde antes estaba la cancha del estadio preferí no recordar los temblores.

La Navidad es la forma más alegre de la histeria y la neurosis. A pesar de que aún faltaban algunos días para la Nochebuena, en Parque Delta ya se respiraba el inconfundible aire del pánico decembrino. Aunque no acudí a esa plaza a hacer compras decembrinas mi preocupación no era menor: yo iba motivado por el kafkiano pánico de los trámites vehiculares. Aún así me sentí fuera de lugar. Además del boleto de estacionamiento, no compartía nada con los visitantes de la plaza aquel día. La felicidad que es directamente proporcional a la deuda en las tarjetas de crédito me pone particularmente de mal humor. Pertenezco a esa clase de neuróticos que detestan la alegria ajena y plástica. Para colmo el mal humor exterior me tranquiliza. En esta epoca del año recibo una soreestimulación equivalente a pasarse con las pastillas para dormir y con el café. Abrigado por una taquicardia mental recorrí aquellos pasillos llenos de gente feliz buscando un módulo de Finanzas de DF que supuse inexistente. Di tres vueltas a la plaza sin éxito. En un lugar que se asume como el aleph de las mercancias no hallar lo que quieres es el peor pecado posible: casi al final de mi tercera vuelta me di cuenta que los vigilantes del lugar me veían sospechosamente: iba solo, sucio, con una barba inconfundiblemente árabe, y ese peinado que sólo pueden confeccionar las almohadas. De haber traído mis audífonos al menos hubiera pasado como un normal estudiante de Letras.

Me refugié en el MixUp donde recuperé mi ritual de ver discos que no compraré. Me encontré con el desolador firmamento de las rebajas y el nulo presupuesto. No podría entrar al grupo de los compradores histéricos pero felices aunque quisiera. Más desolador aún fue ver que en el MixUp ya no puedes escuchar música; las máquinas donde se exhibían las novedades habían desaparecido. Toque fondo al descubrir que en MixUp ya no venden música: apenas tres aparadores resguardaban ese joven cadáver que es el CD. En la magra sección de alternativo un padre joven y su hijo delinearon el ánimo de la época: el padre cogía ávidamente discos mientras su hijo preguntaba dónde estaban los Ipods. La siguiente pregunta tuvo proporciones trágicas: "¿para qué compras discos?" Nadie tenía la respuesta.

Busqué un disco: Total de New Order y Joy Division. Como todas las cosas ese día, no lo encontré. Me enojé por no poder realizar ese íntimo ritual mío: Por supuesto no iba a comprar ese disco, pero estaba dispuesto a contemplarlo largos minutos con devoción. Me dije a mí mismo que era mejor no continuar ese ritual: conformarse con ver lo que no puedes poseer ha definido mi relación con los discos, los libros, las personas. Incluso, como una extraña versión del Síndrome de Bergerac, acostumbro a regalar justo aquellos libros y discos que no tengo y me muero por tener. Ante la ausencia de Total en los aparadores me quedó claro que ya era tiempo de abandonar esa mala costumbre.

Di una vuelta más por la Plaza seguro de ser vigilado por las cámaras de vigilancia. Los vigilantes me miraban con recelo sin saber que pensaba lo mismo que ellos: yo no debía estar allí. Buscando ese módulo inexistente de Finanzas identifiqué otros tres tipos de visitantes que, al igual que yo, se sentían infelices en medio de tanta felicidad:
1) Los niños que saben que saldrán sin un juguete nuevo en las manos.
2) Los matrimonios jóvenes que sienten que están accediendo a una vida que en cierto modo desprecian: la vida inexorablemente adulta y aburrida: de pronto la rutina de ser ser "joven señor" y "joven señora" anula la posibilidad de pasar unas navidades jóvenes y disfrutables.
Y 3) Los ancianos fatalistas que esperan no ser visitados por la muerte en ese recinto.
Me identifiqué en su desgracia con los tres grupos de visitantes insatisfechos.

En esa plaza, donde si no comprabas de forma histérica eras un paria, recordé una impecable frase de O'Gorman: La Navidad es la venganza de los mercaderes por haber sido expulsados del templo. Porque sí, la Navidad para los no creyentes casi siempre se reduce a recibir los calcetines que no deseas, dormitar en la mesa sin saber si es por el pavo o la conversación, soportar el mal humor de los familiares porque sabes que es su forma más sincera de expresar cariño y dejar que aflore tu neurosis porque la felicidad artificial te repugna. También la Navidad a veces parece ceñirse únicamente a las compras apocalípticas, el tránsito insolente y los adornos que atentan contra la ecología y, peor aún, el buen gusto. Entre tantas envolturas, embotellamientos y tarjetas sobregiradas es inevitable preguntarse si alguien ya se dio cuenta de que es Navidad: ¿alguien ya se dio cuenta que estamos celebrando algo o sólo sufrimos gratuitamente?

Para no quedar antes los demás como malhumorados sin remedio, los no creyentes incluso recurren a las conmemoraciones laicas y alternativas: el natalicio de Newton, el natalicio de Mario Santiago Papasquiaro y el fallecimiento de Xavier Villaurrutia. Cuando se trata de darle sentido al sufrimiento decembrino cualquier motivo parece justo.

De mis navidades me quedo con los poemas de Brodsky, las sinceras felicitaciones, una canción de Lennon, la canción de Band Aid 20 (porque ahí tocan juntos McCartney y Radiohead), la comida que preparan mis seres queridos y el ánimo de celebrar que pasamos otro año casi ilesos. A todo eso agregaría la íntima tranquilidad que otorga el saber que la Navidad es sólo una vez al año.


21 dic. 2011

Thom Yorke: Todo está en el lugar correcto

Para Víctor Cosío Bañuls

Todo melómano guarda en su memoria ciertas fechas que considera sagradas. Fechas donde se concentra la historia del grupo preferido o del cantante al que prendemos nuestras veladoras. Debo aclarar que casi nunca el fanático recuerda las fechas adrede: por eso es un fanático. En mi mente dos fechas musicales son particularmente importantes: el 7 de octubre de 1968 y el 16 de junio de 1997. La primera es el natalicio de Thom Yorke, genio indiscutible y líder de Radiohead; la segunda es el día en que salió a la venta el Ok Computer, obra maestra del quinteto de Oxford.

Como con todas las fechas importantes, lo que en realidad importa de ellas es lo que sucedió antes y después: a muchos nos marcó ese 16 de junio porque ese día pudimos acceder a un disco que se volvería imprescindible para nosotros. Acaso ésa sea la marca de los grandes amores: en el primer encuentro uno sabe de inmediato que pudo vivir antes sin esa presencia, pero también sabe que ya no podrá hacerlo después. La primera vez que escuché completo el Ok Computer, allá por el año 2000, supe que no podría tener otro disco favorito; llevo once años convencido. Lo que no sabía cuando compré ese disco es lo que esa grabación de poco más de 45 minutos provocaría en mí: la música se volvería mi estilo de vida. Aunque ya tocaba la guitarra y leía mucho, el riff inicial de “Airbag” y su críptica letra (en especial porque mi inglés no era bueno) fueron una señal. Desde entonces mi destino se ligó irremediablemente a la literatura y la música.

Si hablo de mí en un texto sobre Thom Yorke es porque lo hago en calidad de evangelizado. Al igual que los cristianos que van de puerta en puerta contando cómo Jesús cambió sus vidas, narro primero mi historia para puntualizar la importancia de la música de Radiohead: mi historia es importante porque no es la única: a partir de ese 16 de junio cambiaron miles de personas.

Por supuesto, Thom Yorke no sabía que eso sucedería. De hecho, si algo ha marcado su vida es la incertidumbre: nació sano pero con un defecto en el ojo; los médicos y sus padres dudaban si Thomas Edward sería capaz de utilizar el ojo derecho. Seis operaciones y un par de años después salvó de todo peligro su ojo, pero se quedó con una marca perenne: un párpado caído que seguramente le valió muchas burlas crueles en la escuela.

Su amor por la música nació muy pronto. Desde chico aprendió a tocar la guitarra y el piano. Más tarde la música de Joy Division y los Talking Heads le dijeron que tendría que formar una banda. Aunque participó en algunos grupos de música electrónica antes de cumplir 16 años, fue hasta que entró a estudiar letras inglesas en Oxford que formó con sus amigos del bachillerato el grupo con el que se quedaría el resto de su vida. Al principio se llamaron On a Friday, en honor al único día que tenía disponible para ensayar. Eran tan pocas las esperanzas de éxito que incluso permitieron que entrara el hermano menor del bajista al grupo, con 15 años en aquel entonces. Colin, Phil, Ed, Jonny y Thom tuvieron que terminar la universidad antes de decidirse a ser rockeros de tiempo completo. Sólo Jonny dejó trunca su licenciatura en psicología.

En 1992 consiguieron un contrato discográfico con la única condición de cambiar el nombre de la banda. Thom no dudó en proponer el nombre de una canción de los Talking Heads: “Radiohead”. Ese mismo año lanzaron el EP Drill y grabaron su primer disco, Pablo Honey. El disco hubiera pasado sin pena ni gloria de no ser por una canción, “Creep”. Ese track simplón, hecho en homenaje a un pasajero desamor de Thom, brilló sólo por la estridente guitarra de Jonny. Paradójicamente, él ha declarado que hizo ese riff “para joder la canción”, pues no le gustaba. Acaso nadie recordaría hoy a Radiohead de no ser por las ganas de joder que tuvo Jonny en esa grabación. Pero nadie los recordaría igualmente si no hubieran sacado como primer sencillo de su segundo album, The Bends, una canción aún más estridente: “My Iron Lung”. Cuando todo creían que Radiohead no pasaría de un one-hit-wonder, ellos publicaron una sencillo que seguramente impresionó a más de un operador de radio: una balada común se convertía al minuto siguiente en una explosión que cantaba “This is our new song/just like the last one/ a total waste of time”.

Incluso con el éxito que les trajo el The Bends, nadie esperaba el Ok Computer: fue nombrado disco del año, de la década, incluso disco del siglo para algunos. Ciertamente ese LP marcó un antes y un después en el rock: recogía elementos de toda la tradición musical del siglo XX al mismo tiempo que marcó el futuro visible para el siglo XXI. No contentos con cerrar la historia musical de un siglo, fundaron el siguiente: en el año 2000 lanzaron el Kid A. Si al escuchar el Ok Computer vislumbramos el futuro del rock con el Kid A supimos a qué debía sonar el presente.

Desde entonces Thom Yorke es reconocido como el líder del “último gran grupo”; una etiqueta que ubica a Radiohead en un sitio central en la historia reciente del rock. Sólo un grupo como Radiohead sería capaz de cometer la hazaña de lanzar un disco sin disquera (con el In Rainbows, en el 2007), sin precio fijo a través de su sitio de Internet y volverse millonarios. Sólo Radiohead puede lanzar un disco poco complaciente como The King Of Limbs y recibir tantas felicitaciones. En estos tiempos donde el público desdeña a cualquier artista que aspire a ser leyenda, Radiohead es reconocido en cada artículo y reportaje como el mejor grupo del mundo. Pero, claro está, eso es lo de menos: lo que importa en sus discos es lo que sucede fuera de ellos: ahí estamos nosotros, los escuchas; los que consideramos las canciones de Yorke como obras maestras de la literatura y la música popular porque han dirigido y acompañado nuestra vida. Y hemos hecho lo posible para que él se entere: un 15 de marzo del 2009 en el Foro Sol vi a Thom Yorke con una cara de asombro; no podía creer que en el mismo país donde tuvo una pésima experiencia en 1994, ahora lo recibieran con tanto cariño. Ese día entendí que en realidad nosotros cambiamos su vida.

Más allá de los discos vendidos o los estadios llenos está el lugar donde la música cobra una importancia vital: cuando uno escucha en cualquier momento una gran canción está encontrándose con un amigo. Si una canción es genial no es mérito del cantante; es mérito de la canción. Una gran canción es un lugar: ahí miles de personas, incluyendo al autor, se encuentran para apoyarse, cambiar, llorar, reír, tomar aliento. Lo que hay entre el autor y el escucha es una hermandad, una amistad entre desconocidos. Thom Yorke, sí, es un genio, pero sobre todo es un amigo que jamás conoceré en persona. Radiohead ha hecho en sus canciones sitios para entender y continuar la vida. De eso se trata la música.

Este artículo apareció en la revista Diez/4 de Tijuana.
http://diez4.com/diez4/2011/extra-extra/thom-yorke-todo-esta-en-el-lugar-correcto/



17 dic. 2011

Still Fighting It

Ayer me referí a alguien categóricamente como "la peor persona que he conocido". Un amigo y mentor sólo atinó a decir que tengo una historia inconclusa con esa persona. Algo sabrá él. Sin embargo creo que las historias siempre continúan incluso cuando el autor deja de escribirla; incluso después de la última página la historia sigue: el autor sólo dejó de contarla. Dios sabe que este año fue difícil para mí. Al menos de este año me llevo la seguridad de que en los momentos importantes me comporté a la altura de las circunstancias. Eso no significa que no me equivoqué (Dios sabe que me equivoqué este año varias veces). De lo que me siento orgulloso es de haber aceptado que me equivoqué. Me siento conforme con haberme comportado "como un adulto" en el momento indicado. Crecer apesta, como dice la canción de Ben Folds. Como me dijo un amigo, parafraseándome de algún modo, "somos más viejos, pero no más sabios". Ni modo, así es esto de crecer; llevar una responsabilidad que no pediste. Últimamente no acepto un "nadie tiene la culpa" como respuesta: al menos la culpa es compartida. En estos días que el futuro me parece una visión del pasado sé que debo fijarme por dónde piso. Sin duda las historias continúan aun cuando ya nadie las cuenta. El hecho es que a mí me tienen sin cuidado las amargas continuaciones. Tengo mi propia historia.



13 dic. 2011

8.8 El miedo en el espejo de Juan Villoro

Esta reseña se publicó hace tiempo en El Horizontal.

A propósito del terremoto de Japón, Heriberto Yépez lanzó hace poco una pregunta en su columna semanal: ¿Cómo narrar la catástrofe? ¿Es posible utilizar las palabras para nombrar la destrucción? ¿Es posible hacerlo bien? Menciono lo dicho por Yépez, más que para aventurar una respuesta, para valorar el reto que fue para Juan Villoro escribir sobre su experiencia durante el terremoto de Chile.

¿Por dónde empezar?, habrá pensado el cronista, ¿por su relación con Chile, su experiencia en el 85, los minutos que duró el temblor? El cronista elige: lo mejor es empezar por las piyamas. ¿Por qué las piyamas? Porque fue lo primero en lo que autor reparó al salir del hotel aquella noche telúrica, en el uniforme nocturno de sus compañeros.

¿Y luego? ¿Qué más se puede decir de un terremoto que movió el eje de la Tierra, la duración de los días? Se pueden decir muchas cosas, pero lo mejor es sugerirlas. El terror absolutamente real se puede escribir mejor no diciéndolo, sino mencionando, mejor, aquello que lo acompaña, lo que lo presagia, lo que sigue después. Por eso Juan Villoro abunda en las coincidencias, en las premoniciones y en los recuerdos que todo mexicano alberga sobre el movimiento de la Tierra. Igualmente aborda la cronología de su visita al país del sur: su trabajo lo llevó a un encuentro de literatura infantil; la tierra tembló una madrugada mientras dormía en el hotel; pasado el temblor, el gobierno mexicano fue incompetente para repatriar a tiempo a los mexicanos. Pero también escribe sobre las preocupaciones inmediatas, las llamadas telefónicas al otro hemisferio del mundo, un cuento alemán escrito hace cien años sobre un temblor en Chile y, por supuesto, sobre la sorpresa de salir vivo.

Importa en el libro lo que dice el autor, pero también es fundamental lo que no dice. Villoro, que desde siempre usa versos de Velarde en sus textos para ahondar en cualquier situación, curiosamente, en este libro no menciona la ausencia más obvia: “El sueño de los guantes negros”. No usa aquel poema cuya importancia mayor se debe a sus ausencias porque 8.8 El miedo en el espejo es su propio “sueño de los guantes negros”. Conforme pasan las páginas, parece que Villoro se guarda las cosas, las retiene, o de plano las esconde; sucesos, opiniones que uno espera oír y nunca son proferidas; a veces incluso la puntuación escapa, se extravía. Tarde o temprano uno entiende: están ahí, en lo que no está escrito.

No obstante, 8.8 El miedo en el espejo es uno de los libros más personales de Villoro: en él nos acompañan su familia, sus amigos de toda la vida, su forma de dormir, su experiencia con los temblores, su infancia, sus colegas, las historias que le contaron, las que vivió, las que leyó y, claro, las piyamas. Nos acompaña en el libro también un truco que Villoro aprendió traduciendo a Lichtenberg: el aforismo. En más de una ocasión se leen sentencias que resumen toda una experiencia telúrica. Una de las frases más contundentes de todo el libro es aquella que se lee en el separador que acompaña el volumen: “Los mexicanos tenemos un sismógrafo en el alma”.

Aquel lector que nació en donde se juntan placas tectónicas se verá en este libro: se trata de un libro-espejo, y por eso importa lo que no se dice: lo que se ve no se juzga.

11 dic. 2011

Stretch Out And Wait

Will the world end in the night time ?
(I really don't know)
Or will the world end in the day time ?
(I really don't know)
The Smiths

Desperté en la tarde, casi de noche, después de haber dormido unas pocas horas. El día anterior y la mañana del sábado estuvieron plagados de momentos en parte difíciles y en parte memorables. Fiel a sus costumbres, la naturaleza no toma en cuenta nuestro estado de ánimo o nuestra prevención; estaba en la cama fingiendo no haber despertado cuando empezó a temblar. Habitar un cerro de roca volcánica trae consigo algunas pequeñas seguridades: aun viviendo en la Ciudad de México, difícilmente un terremoto podría derrumbar mi casa; antes de que eso pasara el resto de la urbe desaparecería.

Al principio del temblor, que me sorprendió por su magnitud mas no me espantó, pensé en aquellos que no pueden darse el lujo de quedarse en la cama mientras tiembla: si se sentía con fuerza aquí, en el valle algo, mínimo un mosaico, se debía estar cayendo. Sólo hasta que pasaron 30 segundos o más del temblor decidí salir de la casa. Esa duración anormal no tenía buena pinta. En el recorrido hasta la puerta le dije mentalmente a las paredes "stretch out and wait". Acaso por ser una emergencia menor y por no verme en peligro me di el lujo de citar sin querer una canción de los Smiths. Sin embargo la consigna aún me parece precisa: muros, aguanten y esperen; estírense y esperen: esperen, al menos, a que yo salga.

Afuera me esperaba la ironía de la naturaleza: lo primero que vi al salir fue la luna llena, indiferente al pánico que más de uno vivió durante el temblor. Recordé de inmediato la cuarentena que propició la influenza hace dos años en la ciudad. En particular recordé que en algún día de encierro vi un águila pasar frente a mí en el patio para posarse después sobre el cableado eléctrico. En aquellas semanas, donde el sentimiento más común fue la vulnerabilidad, aquella águila paseaba sin miedo al contagio. Nunca olvidaré esa imagen que ya es para mí un símbolo de lo invencible. Esta vez la luna llena me pareció un símbolo del desdén de la naturaleza hacia nosotros.

Aunque escribió una excelente crónica sobre el más reciente terremoto en Chile, 8.8 El miedo en el espejo, Juan Villoro dice en el prólogo de Tiempo transcurrido que los temblores no le parecen asuntos literarios: "Desconfío de aquellos que en momentos de peligro tienen más opiniones que miedo". Sin embargo el temblor de ayer, al no rozar la catástrofe, se prestó para muchas cosas: Nunca he vivido una situación de peligro mortal ni una emergencia propiciada por la naturaleza; los huracanes y demás fenómenos naturales me son ajenos. Aun así, el más mínimo temblor me recuerda la fragilidad de todas las cosas. Ante esa mínima probabilidad de no vivir para contarla pienso irremediablemente en las cosas que no he hecho y en las cosas que no he dicho: pienso en que he perdido el tiempo. Los pequeños temblores son propicios recordatorios para evitar la procastinación.

Afuera de la casa y a oscuras me supe previsiblemente ileso. Aún debía confirmar que en el valle, habitado por gente que quiero, no había ocurrido lo peor. Twitter me reveló que no había pasado nada realmente, al menos en la Ciudad de México. Pronto mis amigos empezaron a reportarse y compartir el susto. La narración del miedo sólo es posible sugiriéndolo: aludían a él a través de la experiencia: El que desde el cuarto piso bajó para presenciar un mínimo apocalipsis en la acera por el desalojo de un centro comercial; quien tuvo que pasar el temblor en un edificio de la Condesa, colonia siempre apta para vivir y pasear, pero nunca la mejor para sortear movimientos telúricos. Noté que para muchos el miedo o la falta de sosiego provenía no del temblor presente sino de los futuros y los pasados. Dice Juan Villoro que los mexicanos tenemos un sismógrafo en el alma. Cierto. Lo malo es que dicho sismógrafo nunca podrá ser exacto al predecir en el momento si este temblor será aquel que iguale al trágico temblor del 85; si este será el terremoto que siempre estamos esperando. Otros no pueden evitar sentir miedo por el pasado: cada nuevo temblor les remueve la memoria: les recuerda una ciudad vuelta añicos.

En mi caso, sólo puedo hablar de algunas cosas a través de su ausencia: a veces uno sabe qué tan importante es el éxito o el amor porque es justo lo que falta en el paisaje. La imagen más clara que conservo de un temblor que no viví, el del 85, es la colonia Juárez. No puedo ver aquellos parques improvisados, aquellas canchas de futbol hechas de concreto, sin pensar que ahí antes se levantó un edificio. Me aterra imaginar que el lugar donde uno vive puede no existir al día siguiente y que alguien más sólo reconocerá nuestros sitios por el vacío posterior. Esos parques, esas canchas, acaso son otra forma de los escombros. El terremoto que aún no llega lo conocemos en la Ciudad de México por su afortunada ausencia: está en esos segundos que no duró este temblor, en la magnitud que no alcanzó.

Más tarde, pasado el susto, bajé al valle en coche y me encontré calles oscuras, vidrios rotos y pequeñas cuarteaduras a medida que me acercaba al centro de la ciudad. Vi que un edificio se quedó sin mosaicos en la planta baja y supe que, al menos por unos días, ahí habría una ausencia: un vacío en el paisaje: un recordatorio.

Al no ser una catástrofe puedo llevar a mis terrenos este temblor. Puedo decir que no quiero que en los momentos de peligro me atraviese el pensamiento de que faltó algo por hacer. Como dije al principio, había tenido días agitados desde antes de que temblara; por lo mismo, sería tonto de mi parte no haber aprendido algo este sábado telúrico. Por nada del mundo quiero que el futuro me alcance. Uno también tiene paredes (y son frágiles) y en las emergencias emocionales no está de más decirse "aguanta y espera, aguanta y espera", porque, más allá de las consecuencias, todo pasa en algún momento, como los temblores.





8 dic. 2011

Ready To Start

Fui hace poco a las oficinas de Conaculta. La primera vez que fui a molestar allá tenía 17 años. Ahora que fui me di cuenta que fui a despedirme. Desde hace tres años fui varias veces al año a molestar, a preguntar por mi manuscrito. Luego fui varias veces a firmar papeles. Ahora no tengo motivos que justifiquen mi presencia. He cumplido un ciclo con un libro que empecé a escribir en mayo del 2007. Ahora tengo muchos proyectos que me rompen la cabeza pero al mismo tiempo tengo un poco de confianza. Y bueno, ahora es comenzar otra vez; seguir peleándome con el teclado, seguir intentando. "Intenta de nuevo, fracasa de nuevo, fracasa mejor", diría Beckett.

Este año en que abandoné mucho el blog ha sido especial. Tuvo cosas buenas y cosas malas. En los últimos seis meses todo se ha reducido a empezar otra vez con todo. Entre otros libros, he seguido escribiendo uno que empecé hace casi un año y aún no rinde frutos, pero he sido feliz haciéndolo. Además, ese libro ha tenido un carácter insólito: al principio pensé que era sobre mi pasado y cada vez se parece más a mi presente; y no porque escriba, como tal, sobre lo que me sucede ahora, sino porque pareciera que lo bueno y lo malo que aparece en él reaparece en mi vida. No es algo sobrenatural; sólo es algo extraño. Al menos sé que si esa ficción se confunde un poco con mi realidad debo esforzarme en que ambas cosas tengan un final apropiado, decoroso.

El otro hecho particular de este año fue el descubrimiento de una enfermedad: Síndrome de fase de sueño retrasada. He tenido que aprender a dominar mi cuerpo; si lo logro (y más o menos he podido) puedo dominar cualquier cosa, como el teclado, por ejemplo.

Una canción ha sido fundamental este año para mí: "Ready To Start". En los Grammy de este año Arcade Fire ganó el premio a disco del año. Ni ellos lo esperaban. Recibieron el premio y luego tocaron una canción para cerrar el acto. Fue inolvidable verlos cantar, con un grammy sobre el amplificador, "estos empresarios están bebiendo mi sangre como los chicos de la escuela de arte dijeron que lo harían". Nada más cierto que la frase siguiente: " y creo que que sólo estoy empezando de nuevo." Porque sí, así es siempre, todos los días, como hoy que logré despertar a tiempo. (Y les juro que me felicito). Los cursis tenemos la suerte de levantarnos con cualquier pretexto. Si el año pasado todo fue para mí "The Suburbs", ahora estoy en el segundo track. De todo esto me di cuenta al salir de un edificio en Reforma; de que estaba en otro ciclo: campanas de Gauss (un campana dentro de otra), olas en las frecuencias (una misma línea con diferentes picos); la explicación teórica es lo de menos: El chiste es estar listo para empezar, otra vez.



12 abr. 2011

La Barranca y Piedad Ciudad

Esta reseña apareció en el Horizontal.

Aunque se editó el año pasado, hasta ahora he visto en tiendas el nuevo disco de La Barranca, Piedad Ciudad; un homenaje a la Ciudad de México, a las calles de la ciudad más grande del mundo. Con su maestría característica, La Barranca retoma uno de sus tópicos favoritos: la urbe, el asfalto, el hecho de vivir en una ciudad donde, parece, el Apocalipsis ocurrió hace mucho. Siempre recibo con especial gusto cada nuevo disco de La Barranca, en especial por la admiración que me causa que un grupo de esa magnitud exista en México. Y es que su líder, José Manuel Aguilera, si algo ha demostrado desde el ya mítico Odio Fonky, que hizo junto a Jaime López, ha sido la perseverancia, la posibilidad de hacer buena música donde parece imposible.

Hace muchos años en la desaparecida revista Switch apareció una chusca lista de equivalencias entre grupos mexicanos y anglosajones. Una pertinente aclaración de los editores señalaba: algunos grupos autóctonos son mejores que los extranjeros; otros…solamente son autóctonos. En la lista venían Maná (con su equivalencia en The Police), La Gusana Ciega (Foo Fighters), Resorte (Korn), etcétera. El único caso que no supe si era burla o no fue con La Barranca; la equivalencia asignada era nada más y nada menos que Radiohead.

Por supuesto sería exagerado compararlos en una lucha de iguales. Sin embargo La Barranca lleva muchos años siendo de los mejores y más propositivos grupos de México. En el camino poco les ha importado el éxito comercial o la crítica multitudinaria que sólo conoce los términos “chido” y “aburrido” para calificar a una banda. Muchas veces aclamado como “el secreto mejor guardado de la música mexicana”, La Barranca ha logrado sortear los peligros de hacer un rock “culto”, con un estilo muy definido, gracias una virtud fundamental: no buscar complacer a nadie, ni a sí mismos ni a los escuchas habituales de rock mexicano.

Piedad Ciudad sobresale por marcar el discreto pero constante cambio de una agrupación que ha tenido como única preocupación la calidad. Tiene, ciertamente, el sello característico del grupo, pero también demuestra una continuidad en la evolución del mismo. No es un disco conformista: contrario a lo imaginable, La Barranca, más que repetir un estilo, lo ha ido perfeccionando con los años. En ese aspecto le ha hecho, involuntariamente, un tributo perpetuo a su nombre: estamos ante un grupo que no cambia abruptamente, sino que se modifica por la erosión, por el pulimento del paso del tiempo. Pareciera que su misión desde el principio ha sido ir hacia lo más profundo de sus capacidades y sus características. Canciones como “Jamás debí volver” y la abridora “En el fondo de tus sueños” son prueba de ello.

La música muestra sin miedos nuevamente la influencia de King Crimson pero con variaciones que vale la pena mencionar: Aguilera es cada vez más astuto al tocar la guitarra. Se ha vuelto con el tiempo un guitarrista que aprecia más el fraseo perfecto que el garigoleo exhibicionista (o “guajoloteo”, como dicen los que saben). Si bien se extraña la compañía de Álex Otaola en la guitarra (parte fundamental del mejor disco del grupo: El fluir) Aguilera cumple bien con la tarea en solitario. Por otro lado, el bajo de Federico Fong se nota en un momento especial que no se veía desde que tocó en El nervio del volcán de Caifanes. Las letras siguen a la ciudad como concepto, pero también perforan territorios conocidos para La Barranca: la realidad borgeana (“Posiblemente imposible”) y el encuentro amoroso (“Flecha”).

Aunque por YouTube ronda un cover de “Karma Police”, La Barranca es más que el Radiohead mexicano: es el grupo arriesgado por definición en México. Piedad Ciudad los remarca como dueños de una música posiblemente imposible.


5 abr. 2011

Radiohead y el rey oculto

Esta nota la escribí para el recién fundado periódico El Horizontal (que espero chequen porque es formidable)

Fueron casi cuatro años de espera desde que salió el In Rainbows y en medio de una mínima promoción para el lanzamiento, limitada al propio anuncio de la banda en su blog, The King Of Limbs salió a la luz un día antes acompañado de un mensaje de Ed O’Brian: “Es viernes… es casi fin de semana… hay luna llena… pueden descargar The King Of Limbs ahora si lo desean”. De inmediato, por ahí de las cuatro de la mañana en México, descargué el disco esperando que la espera haya valido la pena.

The King of Limbs no es lo que esperaba de Radiohead. Es un buen disco, pero no alcanza la genialidad de su anterior trabajo. Para muchos pasará como un disco de lados-b, para otros será la prueba de que Radiohead ya no hace bien su trabajo. Los fans más acérrimos celebramos el lanzamiento, inundamos Twitter con nuestra euforia, y, por supuesto, aclamamos el disco por la maestría de sus creadores. Sin embargo los fans acérrimos sabemos igualmente que con Radiohead no es bueno tener muchas expectativas porque casi nunca las cumple.
Expectativa atroz.No me atrevería a decir que Radiohead hizo un disco mediano en su discografía adrede. Pero sí puedo afirmar que a ellos en este momento les importa más crear intrincadas construcciones como “Bloom” y “Feral” que tienen que ver más con la inteligencia musical que con la emoción. The King of Limbs, a diferencia de In Rainbows, privilegia más la creación intelectual que los himnos emocionales. Sólo “Lotus Flower” (posiblemente la mejor canción del disco) y “Codex” entran en esta última categoría; son canciones más cercanas al disco anterior, donde casi todos los tracks tenían el grado pop perfecto para ser sencillos, sin comprometer un alto grado de complejidad en la ejecución y creación, como “15 Step” que fue una canción muy exitosa a pesar de estar en 5/4, un compás poco común en el pop, más propio del jazz. No son canciones creadas para enloquecer a las multitudes de un concierto, sino para deleitar con su arquitectura al escucha solitario, a través de unos audífonos.
La decepción por el disco está presente en la red, detrás de todas las notas celebratorias en las redes sociales y en los periódicos. Después de cuatro años, el público (en especial aquel de la “nueva escuela” que llegó a Radiohead apenas en la década pasada) no se ve tan satisfecho como podría desearse. También han salido algunas notas de críticos, que ciertamente se sienten más profetas, diciendo que The King of Limbs demuestra que Radiohead “no es tan bueno como sus fans creen”. Esos mismos críticos y fans decepcionados olvidan que Radiohead entregó Amnesiac en el 2001 y Hail To The Thief en 2003, dos discos que, a pesar de sus innegables cualidades, son obras menores en la discografía del quinteto de Oxford. El problema central es que Radiohead es uno de esos grupos cuyos discos más medianos son obras maestras si se comparan con otras agrupaciones: son muchos los grupos que quisieran tener The King of Limbs entre su discografía. Sin embargo la vara con la que medimos a Radiohead es muy alta, por la sencilla razón de que esos cinco ingleses universitarios son lo mejor que le ha pasado a la música popular en los últimos 15 años.
La brillantez de The King of Limbs radica en que es un disco discreto, hecho para solitarios. Su nombre lo explica de algún modo: El título se refiere al árbol más viejo de Inglaterra, con más de mil años de antigüedad, que se encuentra en lo más profundo del bosque británico, lejos de la extensión urbana, sin ostentar siquiera una placa que le diga al extraño que está frente al rey de los árboles ingleses. Al que pase por ahí acaso sólo le llame la atención la longitud y la forma de las ramas, de proporciones monstruosas. Así es el nuevo disco de Radiohead: un rey solitario que no busca ser aclamado, sino guarecerse en lo profundo del bosque, sólo alcanzable para aquel que esté dispuesto a emprender su búsqueda.

13 mar. 2011

El neocaifanismo: Zoé y Porter

Ahora que se junta Caifanes, por razones sospechosas para algunos y milagrosas para otros, el incierto furor por el reencuentro me deja un sabor agridulce en la boca. Celebro que Caifanes se junte, pero no sabré que tan buena idea fue hasta verlos tocar. Por otro lado la nostalgia que despierta el reencuentro hará pensar a muchos que el rock mexicano de los últimos diez años no superó al de los noventas; cosa por demás discutible.

Por supuesto es ingenuo creer que una época fue mejor que otra sin matices, sin contexto. Para empezar la industria musical tuvo cambios que no permiten comparar una década con la siguente. Antes para que un grupo adquiriera cierto éxito tenía que estar, casi forzosamente, firmado por una disquera. Durante la década pasada no sólo no había que estar cobijados (o explotados, según sea el caso) por una disquera transnacional, sino que no hacía falta tener una disquera. Vaya, no era necesario editar un disco para tener público. El internet cambió casi todo; lo único que no pudo fue cambiar nuestra concepción de lo que debía ser el rock nacional. Cuando más, se combinaron variantes de lo que se pensaba debía hacer un gurpo mexicano: unos cantaron en inglés creyendo que así se sumarían, inmendiatamente, al ámbito internacional, y lo único que lograron fue volver a los primeros tiempos del rock en México, que empezó, irónicamente, cantando en otro idioma; otros le entraron sin tapujos al "indie" y a lo más lograron hacer pasar frente al público canciones de José José (cursis, romanticonas, dolidonas, lelas a veces) por evolucionadas creaciones de vanguardia; otros, tal vez sin quererlo, se convirtieron en versiones remasterizadas de lo que ocurrió en los noventas: Zoé y Porter son los más curiosos y conocidos casos de esta variante estremecedora.

Habría que agregar que al menos tuvieron estos dos grupos la delicadeza de no creer que si no había jaranas y mariachi no era "mexicano". No creyeron en lo mexicano como un estilo unívoco sino en una marca de origen modificable. Su forma de hacer rock en México fue crear el neocaifanismo. Como si hubieran recuperado una tradición que aún no existía, Zoé y Porter tomaron rasgos representativos de Caifanes y casi de milagro les llegó mucho de lo que todo grupo de rock espera.

Una posible explicación es que de alguna forma la última generación de escuchas deseaban encontrar un nuevo hito, un nuevo Caifanes y lo encontraron mínimamente en lo que más se le parecía. A veces algunos se preguntan ¿cómo un gurpo tan feo como Porter pudo tener ese éxito? Y lo increible no es que ellos tuvieran éxito, sino que nadie hubiera hecho eso un poco antes. Ahora parece tan obvio, tan fácil (aunque pueda no serlo): toma un poco de las letras "semipoéticas", agrega una voz agudísima, consigue un estilo que aspire a sonar inglés, escribe sobre temas amorosos (mejor aún si usas el tópico de amor como enfermedad) y ¡milagro!: suenas en la radio, tu Myspace se llena de amigos y hasta tocas en el Vive Latino.

Más allá de la mucha o poca calidad de Zoé o Porter, lo interesante es que algo que se nos vendió como novedad no era sino una recuperación de ciertas características que definieron a Caifanes y que tuvieron una aceptación formidable. Una conclusión posible es que el gusto mexicano no ha variado mucho en lo últimos años. Esto puede ser una arma de doble filo: puede dar la impresión de que se está desarrollando una suerte de tradición o estilo autóctono (lo cual no creo que sea cierto), pero también puede fosilizar al rock mexicano. Lo verdaderamente impresionante es que con una fórmula parecida se hayan obtenido resultados aceptables. Tal vez el gusto del público mexicano sea predecible.

"Espiral" de Porter me llamó siempre me pareció una reversión secreta de Caifanes. El vocalista en el video incluso se parece al Saúl Hernández de la primera época de Caifanes; es decir un Robert Smith región 4. Qué decir de las letras: "Y estoy cayendo por una espiral/ahora sí, ya te mandé a clonar"; un Saúl bioquímico. Qué decir de los falsetes indiscriminados y de esa voz ligerita ligerita.

En cuanto a Zoé, "No me destruyas" tiene una letras que bien pudo haber escrito un Saúl Hernández modernizado: El coro "Ya no afiles las navajas/ya no me haces daño cuando me las clavas" es casi un fusil de "Clávame mejor los dientes" de Jaguares. Por otro lado, vale la pena agregar que Zoé en su disco Reptilectric recupera ampliamente los tópicos prehispánicos que Caifanes uso gran parte de su carrera y que se recrudecieron en Jaguares. Desde el nombre, "Reptilectric", una suerte de Quetzalcóatl extraterrestre, Zoé sacó del baúl muchos de los motivos que marcaron a Caifanes. A favor de Zoé, debo aceptar que "Reptilectric" me suena menos rancio. De alguna forma prefiero más, aunque sea un tanto chairo, conceptualzar a Quetzalcóatl como un superhéroe con cabeza de búho que a toda la tradición prehipánica posible como un ente inmóvil, estéril que proyecta más un indigenísmo trasnochado que un franco homenaje.

Ahora bien, el detalle más sorprendente de esta historia es que tanto los grupos neocaifánicos como los promotores en medios de los mismos cojean del mismo pie: dan la impresión de que creen que lo que hacen o promocionan es lo más novedoso del rock en México. Más de una vez escuché alegres alabanzas que tildaban a Porter de renovadores del rock mexicano. A lo mucho fueron recuperadores, actualizadores, si se quiere. Pero muchos lo creyeron. No juzgo como bueno o malo el papel de estos grupos. Incluso diría que tienen (pocas, pero tienen) canciones rescatables, incluso una o dos excelentes. El hecho es que cuando muchos chicos de prepa en algún Vive Latino se regodeaban en su gusto por lo más nuevo que México hacía, en realidad miraban hacia atrás, hacia el éxito masivo de un grupo que no alcanzaron a ver y que conocieron a través de la leyenda. Zoé y Porter fueron, la década pasada, una nostalgia inconsciente.






20 feb. 2011

Arcade Fire: Gonna make a record: Eliot con punk

El 2010 fue el año de Arcade Fire. Publicaron un disco que para muchos es su obra maestra hasta el momento y definitvamente el mejor disco del años 2010; realizaron su gira más exitosa hasta la fecha (hasta a México vinieron); realizaron dos videos excepcionales, "The Suburbs", dirigido por Spike Jonze y "We Use To Wait", el mejor experimiento artístico que se ha montado en Internet. No conformes con todo eso, tuvieron el descaro de ganar el grammy al álbum del año. ¿Cómo una banda "indie" de Canada (y de la francófona, pa' colmo) pudo hacer esto?

El problema con Arcade Fire es que ha roto demasiado convenciones en la música popular y paradójicamente se le ha recompensado con casi todos los honores que un joven grupo de rock podría obtener. Es curioso porque, a pesar de que una de las premisas de la música popular desde el siglo XX para acá ha sido, por influjo del rock, la "originalidad" (un remanente claro del romanticismo), en más de una ocación el gusto popular ha demostrado ser sumamente reaccionario. El problema radica en que aunque muchos grupos impotantes sean reconocidos por sus inovaciones esto no siempre ha traído como consecuencia la aceptación de un amplio público. The Beatles y Pink Floyd son dos excepciones pertenecientes un milagroso quinteto de agrupaciones que han gozado de un éxito descomunal sin comprometer su calidad y menos su originalidad. Pero ese mismo quinteto puede que sea también el quinteto de lo que la gente reconoce, simplemente, como "lo mejor que ha pasado en la música". Fuera de esa élite existe una lista interminable de artistas (en todas las décadas) que hicieron grandes aportacioens a la música popular, pero que no se vieron recompensadas por ello. En la mayoría de los casos podría decirse que el gusto popular acepta (incluso pide) de buena gana las inovaciones musicales siempre y cuando no comprometan ciertas expectativas de lo que debe ser un artista popular y de cómo deben sonar sus canciones. Ni "muy-muy" ni "tan-tan": ésa ha sido la tónica en cuanto ha preferencias se trata. Y Arcade Fire se las ha saltado sin descalabros mayores en el camino.

De entrada, su alineación no es común. Actualmente Arcade Fire se compone de siete miembros, de los cuales, para colmo, no se puede decir con precisión a qué se dedican en la banda por la sencilla razón de que todos tocan casi todos instrumentos -que además son muchos; algunos de ellos poco comunes. ¿Qué pasó con los power-trio?, ¿qué con las formaciones que inequívocamente debían tener una giutarra, un bajo, una batería, y no más? Pasó que la década apenas pasada se identifico con casi todo lo que no fuera noventero, y los power-trios eran la definición de los noventa. Ni siquiera Muse cabe exactamente en esa categoría, pues cuentan con un multi-instrumentista demasiado capaz y virtuoso para limitarse a las proezas de Kurt Cobain.

Basicamente los 2000' se limitaron a tener grupos de guitarras convencionales (como The Strokes, Coldplay o The Hives) y grupos que daban la impresión de tocar con lo que habían encontrado, es decir que a veces no había guitarra (como Keane), otras no había bajo (The White Stripes) y otras había de todo (Arcade Fire). Esos grupos poco reglamentarios no tuvieron mucha popularidad en los noventas: Ben Folds Five, Primus y Morphine jamás tuvieron un éxito similar al de los gurpos amorfos de los años 2000'. De hecho el más grande éxito de Primus fue la canción de entrada de South Park. Arcade Fire en ese aspecto marcó un tónica que permitió la proliferación de gurpos como Fleet Foxes, e impusaron la carrera de otros como Beirut.

Por otra parte su estilo musical tiene la dicha de ser tan poco convencional para la época que hicieron escuela: ¿Quién hubiera vaticinado en 1999, en medio de la explosión de la música electrónica, el new-metal y el brit-pop, que uno de los mejores grupos de la década próxima tendría más que ver con Bob Dylan, Bruce Springsteen y Joy Division que con programas de loops y tornamesas? Nadie imaginó que el futuro inmediato sonaría más a menonitas prófugos que ha robots extraterrestres. La culpa la tuvieron los Strokes, claro. Pero su sonido de tan viejo es predecible; de alguna forma su éxito radica en habernos regresado a una zona de confort donde el rock "normal" podía tomar la batuta nuevamente y moverse a sus anchas. Arcade Fire ni en eso ha sido estático: las influecias de Arcade Fire se oyen como lo que escucha "un padre de familia buena onda", pero tuvieron la gracia de no cononizar a sus padres musicales; hicieron la magia de tomarlos más como un punto de partida que como un pináculo irrebasable.

A pesar de todo eso tuvieron el debut musical más sorprendente de la década. Funeral (2004) tuvo la genialidad de contener, al menos, seis himnos que se antojan irrepetibles y al menos una de sus canciones ("Wake Up") pertence ya a esa lista del inconsciente colectivo de "las mejores canciones de todos los tiempos". Sólo los Strokes dieron batalla por ese puesto con su primer disco y se diluyeron en el segundo, víctimas de sus virtudes. ¿Cómo hacer una canción tan elocuentemente pop como "Wake Up" y renovar al mismo tiempo la difinición de lo que debe tener un hit? Por las características musicales de "Wake Up", y la aprobación obtenida por cierto y numeroso público, un súper hit noventero alza la mano como su hermano mayor y posible predecesor: "Losing My Religion". ¿Como tener tan altas dosis de pop y ser lo más alternativo simultáneamente? Quizá la respuesta radique en la etiqueta que cobijó a la mayoría de los grupos y movimientos del 2000: el indie. El indie del siglo XXI, a diferencia del nacido en los ochentas, nunca pretendió encerrarse a un público específico; por el contrario, se esforzó en llevar al centro la periferia, casi sin sacrificios, casi sin dar concesiones al mercado. El Internet y los nuevos y más baratos métodos de grabación, por supuesto, fueron el fundamento de dicha revolución.

Pero Arcade Fire no se detuvo ahí. Sin dormirse en sus laureles, capitalizó sus virtudes y las llevó a otro nivel: Neon Bible (2007), cuyo título hace referencia a la novela homónima de John Kennedy Toole, recibió nuevamente una avalancha de calificaciones de cinco estrellas en los medios y una gran aceptación del público gracias a que supo combinar la frescura (irónicamente) de un sonido oscuro y cierta dosis de ligereza necesaria para aguantar cuarenta minutos de música sobre la guerra y los sueños rotos de Norteamérica. Es un disco de claroscuros donde Springsteen se encuentra con R.E.M. ("Keep The Car Running") y el punk con las orquestas ("No Cars Go"). Y es que "entre la luz que se apaga y el inicio del sueño" se encuentran los territorios de Arcade Fire: territorios de solemnidad y basura, de música subterranea y mainstream, de Nietzsche tocando un blues subido de tono.

Para el 2010 llegaría el año de Arcade Fire. Lanzaron, para ello, un sencillo que incluía "The Suburbs" y "Month of May": como profecia, como aviso, esta última canción empieza diciendo con el mismo ímpetu de un adolescente que utiliza el coche de sus padres para dar vueltas a la manzana con la múscia a todo volumen: "Gonna make a record in the month of May". Minutos depués agregaría "2009, 2010: Wanna make a record how I felt then/When I stood outside in the month of May/And watched the violent wind blow the wires away." Esa misma canción tocarían en la entrega de los Grammy, curiosamente (como pueden ver aquí). Un amigo me dijo hace poco que esa canción le sonaba profundamente punk. Algo de cierto hay en ello, pero no toma en cuenta que es un blues acelerado y, por lo tanto, tiene que ver más con Led Zeppellin o Thin Lizzy que con punks. Aunque, lástima, Arcade Fire no hace solos de guitarra.

The Suburbs, como todos los anteriores álbums del grupo de Montreal, es un disco-concepto, que sigue hasta cierto punto la pauta de que el eje de la grabación sea un hecho oscuro (la muerte en Funeral, la religiosidad hipócrita en Neon Bible). Ahora eligieron a la adolescencia y la nostalgia como el centro de su música. Si es oscuro el pasado es porque nuestra sociedad está extasiada con el futuro: todas las maravillas tecnológicas las relacionamos con "lo que viene" y no con "lo que ya está presente". Arcade Fire utiliza esas mismas tecnologías para hablar de "lo que ya pasó": Como respuesta involuntaria a la pasión por el futuro, el video interactivo de "We Used To Wait", que utiliza Google Maps como eje de su virtuosidad, nos lleva, literalmente, al lugar donde crecimos, al lugar donde aprendimos a vivir. Incluso es al menos intrigante que en un mundo de e-mails y twitter, esa canción, acaso la más exitosa del año pasado, trate de la espera de un carta.

Y es que hasta las letras de las canciones parece copiadas del pasado: Si la base lírica de Radiohead fue la poesía de vanguardia y radical del siglo XX, Arcade Fire recurrió a Eliot, que es como recurrir a toda la poesía que no fue publicada en el XX. Difícil es no enlazar la letra de "The Suburbs" con los Cuatro cuartetos. Incluso se antoja realizable una correlación, por mano del azar, claro, con Quevedo en su "Salmo XVII": Cuando Arcade Fire canta:
And all of the walls that they build in the 70's is finally fall
And all of the houses they build in the 70' is finally fall
Meant nothing at all

It meant nothing.
Sometimes I can't believe it
I'm movin' past the feeling.

no puedo evitar pensar en "East Coker" de Eliot:
In my beginning is my end. In succession
Houses rise and fall, crumble, are extended,
Are removed, destroyed, restored, or in their place
Is an open field, or a factory, or a by-pass.
La sombra de Quevedo asoma sin querer igualmente:
Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados,
por quien caduca ya su valentía.
Tengo un amigo que atribuiría toda esa magia a Virgilio, Heráclito y Ovidio. No dudo que así sea. El hecho es que Arcade Fire nos devolvió un tópico con tal maestría que no me sorprendería que más de un becario del FONCA envidie la hazaña de conjugar la tradición literaria con el más potente rock. El hecho es que Arcade Fire mezcla demasiado bien todo lo que se supone contrario: El punk con los violines; el mainstream con el indie, la suciedad y la pulcritud, la energía con la reflexión; el pasado que se volvió el futuro.

Lo más sorprendente de todo es que la carrera en conjunto de Arcade Fire se antoja imposible: La madurez y calidad de su musica es equivalente a que The Beatles hubieran empezado por Rubber Soul, o Radiohead hubiera debutado con The Bends. Porque hasta ellos, genios indiscutibles, tuvieron que lidiar al principio con las composiciones débiles y juveniles (que no malas) y las exigencias del mercado, antes de hacer lo que querían hacer. Arcade Fire no lidió con nadie, no le hace caso a nadie y a cambio le dieron un grammy por mejor álbum: la máxima consagración ante el mercado que busca cierto y mínimo grado de calidad sin sacrificar ventas.

Arcade Fire: la anécdota del nombre: un videojuego en llamas. Arcade Fire: la lírica más alta junto al rock que ameniza el paso por una carretera a 120 por hora. Arcade Fire: infancia es futuro. Arcade Fire: en mi fin está mi principio, porque todo tiempo es irredimible. Arcade Fire: de lo viejo nacerá lo nuevo y en lo nuevo volverá lo viejo: las casas se levantan y caen, pero la música permanece: estamos listos para empezar, yendo hacia el pasado.






11 feb. 2011

Una playera de Murakami

Hoy salió 1Q84 el más reciente libro de Murakami en español. Debo decir que ya lo compré y que, como premio, recibí una playera que no se distingue por el buen gusto que Tusquets siempre ha profesado y un morral (ese sí de buen gusto) con el tíutlo impreso a un costado. El hecho es que por primera vez he comprado un libro el mismo día en que sale. Ni con Como la lluvia de Pacheco, ni con Sunset Park de Auster logré tal hazaña; lo habré hecho en la primera semana, pero no el primer día. El único artículo que he comprado el primer día fue In Rainbows de Radiohead, un 1 de enero del 2008. Y no cuenta del todo porque el disco salió en octubre del 2007 en formato digital, como todos sabemos.

Este hecho trae consigo una serie de extraños sentimientos: no fui el único en hacerlo: junto a mí había muchas personas comprando el más voluminoso volumen de Mrakami, casi todas de mi edad. Por un lado me alegra que algo tan "literario" como Murakami sucite esa respuesta. Por otro lado me extraña un poco que una lectura que es muy especial para mí no sea única. Me siento como en aquel post de Huchín sobre el concierto de Pixies: "Y en el juego angustioso de un hípster frente a otro". ¿Cómo conjugar ambos sentimientos? Acaso de ahí provenga una de las maldiciones más temidas para los músicos por parte de sus escuchas: "fulano ya se vendió." De cualquier forma celebro la grata bienvenida que recibió el libro.

La respuesta masiva es, al menos, escabrosa para aquel que se consideraba en un club selecto de admiradores. La mayoría de las veces es decepcionante. En el caso de Murakami lo más sorprendente de esa venta especial de las librerías, las playeras y la multitud de lectores en un país sin lectores sea que se trata de literatura. Hoy no se vendía el nuevo libro de Harry Potter o Crepúsculo; se trataba de literatura que goza el prestigio de "alta literatura". Sin embargo hasta Radiohead vendió cientos de miles de copias aquel 1 de enero del 2008. Por supuesto esta noche no supuso una venta de decenas de miles de ejemplares, tal vez ni miles de ejemplares, pero sí tuvo una mejor respuesta que casi cualquier otro libro de "literatura" editado por una compañia prestigiosa y respetada. Esto convierte en algo casi insólito la salida de 1Q84.

De todo modos, Murakami podrá ser reseñado en Letras Libres, pero eso no borra el estigma entre ciertos aspirantes a ser "gente culta" que responden ante el entusiasmo de uno por el autor japonés con frases como "está de moda, ¿no?" o, mi favorita, "¿es el que venden en Sanborns?". La categoría "literatura sanborns", además de tramposa, es capaz de derribar prestigios literarios por culpa de la buena distribución. ¿Quién se atrevería a decir lo mismo de Hugo Hiriart o Duras, cuando ambos autores son conseguibles en las tiendas del búho? ¿Qué diríamos de Oscar Wilde?

Y aquí estoy. A pesar del poco prestigio y de los altos precios, he sido un lector fiel de Murakami como de pocos autores. Además he sido un feroz promotor de sus libros con un esfuerzo que sólo empleo para alguien escuche a mis grupos favoritos. Todo tiene que ver con la lectura y mi historia de esa lectura.

En el dos veces "H" CCH (una H por el nombre y otra porque a pesar de todo sigue existiendo) tomé con el maestro Arnulfo Sánchez la mejor clase que tuve en el CCH y una de las mejores de mi vida. Gracias a él yo y otros 40 alumnos leímos a Bolaño, al buen Fuentes, a Enrigue, a Bellatin, a Fadanelli, etcétera. Entre tantas encomiendas, claro, leímos a Murakami. Leímos Tokio Blues. Quién diría que estabamos leyendo la primera edición en español del libro, en la colección Andanzas, antes de la masificación de la colección Maxi. Tener un volumen así se ha vuelto una suerte de distinción y reproche entre ciertos lectores de Murakami: aún recuerdo aquella vez que un amigo me decía: "¡Yo leí Crónica del pájaro que da cuerda al mundo cuando no había versión de bolsillo y costaba más de 300 pesos!"

En el CCH leí Tokio Blues con un fervor irrepetible, con una pasión que pocos libros me despiertan. No leía; estaba en el libro. Leer es como la droga y el sexo: uno espera que cada nuevo libro nos traiga otra vez esa sensación de estar en otro mundo. Es como estar en un videojuego. Pero la vida es cruel y la mayoría de los libros se limitan a meterte una TV en la cabeza: poca cosa. Ese año de CCH marcó mi forma de leer y mis gustos literarios de forma irrepetible: ese año leí Los detectives salvajes, Ciudad de cristal, No me preguntes cómo pasa el tiempo, On the Road, Me llamo Rojo, El Quijote (por primera vez completo en una edición no para niños, jeje) y, claro, leí Tokio Blues.

Por ese entonces estaba empezando a escribir mis Covers (que salieron de una mala costumbre de sencundaria: traducir mal mis canciones favoritas en clase, al margen de las matemáticas) y si algo comprendí de la lectura de Murakami fue que 1) Escribir sobre música no es novedoso (Pellicer y Pacheco hicieron sus propios covers, sobre Chopin y Cream respectivamente, y no hablemos de Villoro) y 2) pero se puede hacer y muy bien. Claro, Murakami eligió a Los Beatles: No imagino una vara más alta. Así que a Tokio Blues le debo una cierta motivación. Pero también le debo, junto con las demás novelas que leí ese año, una cierta idea de la literatura, de su contacto con la música, una intuición del porqué y para qué de la literatura. Les debo casi todo. Por desgracia lo único que no aprendí ese año fue a escribir.

Ahora he abierto 1Q84 y leo a Murakami porque es de los pocos autores que pienso, siento, escribieron para mí. Espero el libro sea la obra maestra que todos prometen y espero volver a estar en el libro. Contemplo la playera que me dieron y la veo como algo que sólo puede suceder en un concierto de rock y me da gusto saber que eso puede pasar con un libro, un Woodstock personal y al mismo tiempo comunitario, incluso atemporal (como el Quijote). El hecho es que antes que fan de algo, soy lector o escucha de algo, y es más profundo, más íntimo y certero. El hecho es que Murakami es, de alguna forma, mi Muse literario y tengo bien puesta la camiseta.


2 feb. 2011

Juan Villoro y Café Tacvba: ideales renancentistas

Alguna vez escuché, no sé dónde, que el que sólo sabe de una cosa en realidad no sabe nada. Podria apostar que se lo escuché en clase a Federico Álvarez, pero no estoy seguro. El hecho es que ese axioma renacentista me cayó bien: una palmada en la espalda para alguien que siempre ha querido hacer más de una cosa en su vida. Sin embargo tampoco considero válido decir que el que sólo sabe una cosa no sabe nada; yo sería menos lapidario. Quizás dejaría la cita en: el que sólo sabe una cosa, no sabe gran cosa.

Hace poco leí Tiempo transcurrido de Juan Villoro, acaso el libro más emblemático de la primera etapa del autor, cuando aún se notaban mucho las influencias de la Onda. En parte el libro refleja cuán marcada estuvo la suerte literaria de Villoro por el temblor del 85: Su segundo libro, Albercas, fue publicado sólo porque el temblor que removió las oficinas de Joaquín Mortiz logrando que el manuscrito resaltara durante el reacomode sobre las pilas de libros por publicar. Tiempo transucurrido corrió un destino igual de extraño: es un libro de "crónicas imaginarias" que cuenta una crónica año por año, desde 1968 hasta 1985. Villoro asegura en el prólogo que no quería formar su libro apartir de años cerrados, sino contar sus crónicas sin tomar en cuenta el sistema decimal, ni otra agrupación artificiosa. Por supuesto no se imaginaba que terminaría contando el trancurrir de años simbólicos; la historia entre el 2 de octubre y el 19 de septiembre. Así, su libro tiene el aire de recordar una época emblemática entre dos años cruciales de nuestra historia; contó la historia de un ciclo cerrado sin proponérselo, aunque los múltiplos de diez no hayan tenido vela en el entierro.

Pero si un elemento abarca todo el libro es el rock: la música ocupa todos los espacios y alcanza el lugar de la narración detrás de la narración. Su importancia en el libro sólo podría compararse a la que tiene la Ciudad de México en las mimas páginas. Según Villoro en el prólogo, su intención era hacer literatura a partir de música. Para él y sus personajes, el rock es más que un ruido de fondo o el soundtrack dela historia: es el detonante, es el catalizador, es el eje en el cual transcurren las vidas que el imagina tomando como paisaje el Valle de México y demás sitios del país. La música es el determinante de las pasiones de los aquellos que viven por su pluma; otras veces es el motivo epifánico a través de cual un personaje comprende el rompecabezas de su vida. Villoro es creyente del azar: pertence al clan de aquellos que aseguran que una historia tiene otra historia que la complementa y la explica. En este libro el autor es sólo un oráculo que completa lo que empezó el azar: junta al protagonista con su otro protagonista: la canción capaz de decir los motivos y las consecuencias de su vida.

Pero aquel que cree en los poderes de azar, sabe que su propia historia puede depender de las aventuras de alguien más: A finales de los ochenta en la Escuela Nacional de Artes Plásticas se formó un grupo de rock fundamental para el género en México: su primer nombre sería, por poco tiempo, "Alicia ya no vive aquí". En 1992 lanzarían su primer disco con el nombre de Café Tacvba tomando como sencillo una canción emblemática: "Las batallas". Basada en el libro de José Emilio Pacheco, Las batallas en el desierto, esta canción llevaría muchos lectores hacia un libro que nació a partir de una canción; un bolero cubano que decía "Por alto que esté el cielo en el mundo,/ por hondo que sea el mar profundo...". La música se volvió materia de la literatura y, años después, vuelve a su origen, pero enriquecida. De pronto se forma una triada difícil de disolver: si alguien de mi generación lee el libro de Pacheco no puede evitar pensar en la canción de Café Tacvba y viceversa. Incluso es complicado escuchar la canción original y no pensar en el libro posterior y la canción que reunió ambos elementos en escasos 3:25 minutos. A veces el arte mismo es una estructura fragmentada que espera a que alguien junte las piezas: la historia que sucede mientras suena una canción y la canción que relata ese encuentro son caras de una misma obra de distintos autores.
Mucho antes, cuando Café Tacvba aún no se llamaba así, uno de sus integrantes, presumiblemente Joselo, leyó ávidamente el libro de Juan Villoro. Tal vez se reconoció en la música mencionada o en algunos de los personajes del libro; el hecho es que esa huella que dejó en él aquel libro de la colección Biblioteca Joven del FCE sería sumamente importante para lector y autor y (ay, destino) ninguno se daría cuenta hasta mucho después.

Años después el éxito vendría para Villoro y Café Tacvba. Ya para el año 2000, Villoro ganó el Xavier Villaurrutia por su libro La casa pierde y Café Tacvba publicó dos discos imprescindibles para la discografía del rock mexicano en los noventas: Re y Revés/Yo soy. Quién diría que la lectura que años antes hiciera uno de los tacvbos, presumiblemente Joselo, al libro de Villoro saldría de las tinieblas para volverse el título del disco recopilatorio de Café Tacvba: Tiempo transcurrido. Me imagino a Villoro entrando a la tienda de discos, paseando su mirada entre los anaqueles de novedades, hasta descubrir que el grupo de rock decidió titular su disco de grandes éxitos, para finalizar un ciclo donde su música fue detonante y explicación de tantas historias, como aquel libro en el que él describió una época entera. El milagro ocurrió otra vez: lo que empezó por la música para llegar a la literatura volvería al origen. Y es que difícilmente podría haber un mejor título para el disco recopilatorio de una banda que marcó su tiempo; porque "marcar un tiempo" no signinfica vender miles de discos ni tener cientos de conciertos: marcar una época se logra cuando la gente utiliza tu música para vivir y explicar sus desventuras y alegrías: cuando tu música deja de ser tuya porque ahora es parte de la vida de otro.

Descreo de un afán soberbio de Café Tacvba detrás del título de su disco. Sin duda es el homenaje hacía un autor y una lectura que los marcó profundamente, emepezando, presumiblemente, por Joselo.

¿Qué habrá pensado Villoro al comprar el disco y escucharlo en su estéreo? ¿Se habrá imaginado que el título de ese libro que aborda una época pasada para él cuando lo escribió serviría de título para otra obra que abarca igualemente a una generación futura a la del libro? Tiempo transcurrido, el libro, terminó por volverse el vínculo secreto entre dos generaciones donde la música del azar movió las piezas detrás de las piezas: la música. Sin duda, al escribir que quería hacer literatura a partir de música no imaginó que alguien más haría música a partir de su literatura.
Como colofón a esta historía, el azar terminó por unir a Villoro y a Joselo en el 2002 en la película Vivir mata. Villoro debutó como guionista en esa película y Café Tacvba grabó el soundtrack. En lagún lugar de la Ciudad de México se vieron Joselo y Villoro para componer juntos la letra y la música de las canciones que sonarían durante la película (pueden escuchar las canciones aquí): el soundtrack de otra crónica imaginaria donde música y literatura, desde el origen, fue lo mismo: Así como el que sabe de dos cosas sabe más de dos cosas, el que une dos cosas hace una tercera cosa. Villoro y Café Tacvba: puros ideales renacentistas.



30 ene. 2011

Un nuevo sonido callejero

Me inagino, creo, supongo, que éste año será un buen año para Calle 13, sin duda el mejor grupo de rock de Latinoamérica en este momento. Sí, de rock. Contrario a lo que muchos creen, el rock no es un género que determine a sus exponentes por el tipo de música que tocan: la filiación al rock tiene que ver más con simpatías y hermandades culturales que solamente con la definición de un género musical. En el rock lo extra-musical es tan importante como la música: ¿De qué otro modo se explica que Beirut tenga sus discos a lado de Broken Social Scene y no de Putumayo en el MixUp?

Calle 13 es un grupo que a los oídos de muchos toca reguetton, un género que empezaron tocando por exigencias comerciales hasta que, gracias el éxito y el encuentro con sus verdaderos escuchas, lo pudieron abandonar para moverse en terriotorios donde sí pertenecen. Desgraciadamente no falta aquel que en una fiesta cuando otro más pone "Que lloren" dice: "Son los de Atrévete-te: que asco": Un defecto de los aficionados de hueso colorado al rock es que es fácil moverse al bando de los fascistas radiofónicos. Sin embargo Calle 13 ha apelado a los valores del rock ligado a la crítica política y la irreverencia (la verdadera) par acreditarse entre sus iguales. Ahora, el valuarte del rock en español no está en guitarras eléctricas sino en beats de Hip-Hop y sonidos latinos con muchas rimas.

Sobran las razones que los han peusto en ese sitio. La primera y más importante es que es un grupo de calidad: sus letras y su música alcanza el mismo grado de excelencia y naturalidad, calidad y dinamismo. Basta con escuchar la letra de "No hay nadie como tú" con Café Tacvba para darse cuenta de que ellos merecen una beca del Fonca en literatura: "Hay tanques de oxígeno y tanques guerra". Mil veces superiores a una multitud de poetas jóvenes y grupos de rock un poco vacío que pulula gracias a la última proliferación del indie, sus letras no sólo hablan de cosas concretas que sí pueden conectar con un público amplio, sino que además lo hacen con una extraña (por no decir violenta) sutileza que revela no sólo un dominio brutal del lenguaje, sino una serie de motivaciones políticas que ya nadie acuña como propias.

Como dicen ellos mismos en "Siempre digo lo que pienso": "Rimando con franqueza soy todo un académico/soy más polémico que Michael Jackson y su médico." Y luego agrega en el mismo track un mensaje para sus enemigos reguettoneros: "La envidia los bloquea:/ tuvo que venir un rockero a darle clases de cómo se rapea."

Entren los que quieran, su más reciente disco, es un disco de altas dosis de letras políticas y rap que no veíamos desde (y me acuerdo ahora de una entrada pasada en este blog) Molotov. Calle 13 ha logrado reemplazar al grupo defeño sin que nadie lo ponga en duda, aunque la mayoría aún no se ha dado cuenta. Esto último en México quizás se deba a que Calle 13 no ha creado un himno a la medida de nuestro país como "GImmie The Power" porque, claro, son de Puerto Rico.

Lo más curioso es que Calle 13 presumió su nueva estafeta de forma involuntaria con el primer sencillo de Entren los que quieran: "Calma Pueblo". Para empezar hicieron una colaboración con el mejor guitarrista que habla español: Omar Rodriguez. Sin proponérselo construyeron una canción de rap-metal al más puro estilo de Rage que abría con la frase "Mi disquera no es Sony/mi disquera es la gente". Luego hicieron un video altamente censurable y violá: el nuevo mejor grupo de habla hispana entró en escena. De paso le tiraron a todo mundo en esos versos. A los grupos de pop payoleros por ejemplo:

¿A ti te ofende lo que escribo?
A mi me ofende tu playback,
que estés doblando en vivo.
A mi ofende cuando tu sobornas a la radio
con plata, con dinero pa' que te suenen a diario.
Ni siquiera los Beatles tenían cuatro canciones
sonando al mismo tiempo en las radio-estaciones.
Esto lo puede ver hasta un bizco:
Tú vendes porque tu mismo te compras tus propio disco.




(Y lo más importante de la estrofa:¿Notaron la referecia a los Beatles?)
Y además lanzaron a sus críticos una bomba de lo que es rectitud en medio del comercio musical: una ética musical:

Yo uso al enemigo, a mi nadie me controla:
Les tiro duro a los gringos y me auspicia Coca Cola.
De la canasta de fruta soy la única podrida:
Adidas no me usa, yo estoy usando Adidas.
Mi estrategia es diferente, por la salida entro:
Me infiltro en el sistema y exploto desde adentro.
Todo lo que les digo, es como el Aikido:
Uso a mi favor la fuerza del enemigo.


Entren los que quieran es un disco político como no se había hecho en años en todo el continente. Pero ocurre que la política en Latinoamérica es un poco complicada últimamente: ya no sólo se trata de si Chavez está loco o si en México los mexicanos son tan pendejos que permiten que cualquiera los gobierne, o si Estados Unidos es el supuesto enemigo número uno de esta parte del continente. La política, hoy más que nunca, es un acto individual: Si los malos gobernantes están ahí, si los problemas pululan es culpa nuestra. Nadie nos obligo a vivir este mundo. Calle 13 invita a comportarse a la altura de las circuntancias, como un individuo político, el elemento más importante y menos organizado en la ecuación:

Ahora quítate el traje, falda y camiseta.
Despójate de prendas, marcas, etiquetas.
Pa' cambiar al mundo, denuda tu coraje.
La honestidad no tiene ropa ni maquillaje.
No me hablen de carteles ni de los Soprano:
La mafia más grande vive en el Vaticano.
Con el truco de la fé se cogen a la gente,
Se cogen a cualquiera que piense diferente.
A mi no me cogen: yo creo en lo que quiera.
Creo en la gente, creo en mi bandera.
Creo que los que me señalan con el dedo
me tienen miedo porque yo no tengo miedo
.

De todos los tracks de Entren los que quieran, sin duda el más representativo, a lado de "Calma Pueblo" es "La bala". Una disección de la realidad de muchos lugares en el mundo (inlcuyendo, ay, a México). Para Calle 13 importan las razones y las consecuencias: importa la herida pero también la razón que apretó el gatillo: importa que la vida, como siempre, importa muy poco. El diálogo, la política donde no median las armas, la eduación, la sociedad: eso también parece importar poco. Pero nosotros lo permitimos.

"La bala" empieza casi como un cuadro, una descripción:

Con un objetivo directo

la bala pasea segura y firme durante su trayecto,
hiriendo de muerte al viento,
máss rápida que el tiempo,
defendiendo cualquier argumento.


y después del primer coro, con música de western macabro continúa el trayecto:

Se escucha un disparo, agarra confianza.

El sonido la persigue pero no la alcanza.
La bala saca sus colmillos de acero
y sin pedir permiso entra por el cuero
,
muerde los tejidos con rabia,
le arranca el pecho a las arterias
para causar hemorragia.
Vuela la sangre, batida de fresa,
salsa boloñesa, sirop de frambuesa:
una cascada de arte contemporáneo
color rojo vivo sale por el cráneo.


Pero todo esto es sólo el dibujo, el esbozo de una imagen tristemente común, una imagen que desgraciadamente se comprueba con abrir cualqueir periódico de este país cualquier día. Lo importante es la tesis que se puede reducir al coro de la canción: "Hay poco dinero, pero hay muchas balas/hay poca comida, pero hay muchas balas/hay poca gente buena, por eso hay muchas balas".

Parece, sólo leyendo la este fragmento que el grupo puertoriqueño nos quiere chamaquear con un razonamiento en teoría tan sencillo, pero no: No sé si recuerden haberlo visto, pero hace muchos años Crhis Rock condujo unos MTV Video Music Awards donde pronunció un chiste que resume toda una teoría sobre el valor de la vida humana en estos tiempos y es chistoso que proviniera de una bemba tan amplia con una voz como de cebra de Madagascar: "Las balas deberían costar $10,000 cada una: imagínense: te empleitas con alguien en el barrio, lo quieres madrear lo quieres matar, pero no puedes porque una bala vale una fortuna incaccesible a un barrio pobre. Entonces sólo amenazarías: te voy a matar, voy a conseguir un trabajo, voy a trabajar duro y cuando ahorre unos $20,000 te los voy a meter por el culo". Bueno algo así postula Calle 13 sólo que en clave de Clint Eastwood:

Sería inaccesible el que alguien te mate
si cada bala costara lo que cuesta un yate.
Tendrías que ahorrar todo tu salario
para ser un mercenario habría que ser millonario.
Pero no es así: se mata por montones:
las balas son igual de baratas que los condones.
Hay poca educación, hay muchos cartuchos:
cuando se lee poco, se dispara mucho.


Pero eso se queda corto con la última estrofa, más afilada que el pensamiento de muchos geniales comentaristas de televisión y de periódicos que conocemos:

Hay quienes asesinan y no dan la cara;
el rico da la orden y el pobre la dispara.
No se necesitan balas para probar un punto:
es lógico: no se puede hablar con un difunto.
El dialogo destruye cualquier situación macabra.
Antes de usar balas disparo con palabras
.

Más que continuar los elogios al gurpo que ya está renovando la música de la región, me interesa ahondar un poco en las razones y las consecuencias de un grupo así. Soy de los que creen que la música no es sólo un divertimento y lo que uno escucha en ella no siempre se echa en saco roto. Acaso sea porque el rock me moldeó así, sin embargo no desestimo el poder de las notas musicales: de alguna forma me tragué el cuento del flautista de Hamelin. Lo sé, pertenezco, aún, al bando de los que creen que la música sirve de algo, no como algunos marxistas pendejos de los sesentas que creían que el rock era un arma de enajenación promovida por el Imperio. Pero los comprendo: estaban enajenados escuchando música (mal llamada) autóctona y música de protesta. Además ellos no puedieron esucchar Rage Agaisnt The Machine y seguro no le pusieron atención a los Beatles. Tampoco soy tan ingenuo como aquel reportero de Gatopardo que tiernamente llamó a Calle 13 "el U2 en español". Digo, él tampoco escuchó Rage Against The Machine.

Creo sólamente hasta donde mi pesimismo, mi cursilería y mi imaginación me lo permiten:

Imagino a los chicos que apenas entran a la preparatoria y necesitan escuchar sus inquietudes políticas y pienso que es una bendición que exista Calle 13. Pienso en los mismos chicos de prepa que aún no entienden la palabra "política" y me parece genial que exista un grupo que pueda prover esa educación tan desestimada desde que Molotov no es lo mismo: la educación en la música de combate. Iguamente pienso en aquellos que crecieron con música así y que ya no encuentran nada en la música actual que los anime a seguir en el camino de esas aspiraciones que se hacen a diario, porque la política es una actitud de todos los días, y me da gusto que exista Calle 13. En mi soundtrack mental de Wikileaks suena Muse y Calle 13. Lo pienso porque, así como los gobernantes, la música también es un reflejo de la sociedad que la propicia y siento que si existe un gurpo Calle 13 (y espero vengan más así) algo estamos haciendo bien. Algo muy pequeño como la poca gente buena que hay, pero algo bueno al fin. Y debemos continuar.