21 dic. 2011

Thom Yorke: Todo está en el lugar correcto

Para Víctor Cosío Bañuls

Todo melómano guarda en su memoria ciertas fechas que considera sagradas. Fechas donde se concentra la historia del grupo preferido o del cantante al que prendemos nuestras veladoras. Debo aclarar que casi nunca el fanático recuerda las fechas adrede: por eso es un fanático. En mi mente dos fechas musicales son particularmente importantes: el 7 de octubre de 1968 y el 16 de junio de 1997. La primera es el natalicio de Thom Yorke, genio indiscutible y líder de Radiohead; la segunda es el día en que salió a la venta el Ok Computer, obra maestra del quinteto de Oxford.

Como con todas las fechas importantes, lo que en realidad importa de ellas es lo que sucedió antes y después: a muchos nos marcó ese 16 de junio porque ese día pudimos acceder a un disco que se volvería imprescindible para nosotros. Acaso ésa sea la marca de los grandes amores: en el primer encuentro uno sabe de inmediato que pudo vivir antes sin esa presencia, pero también sabe que ya no podrá hacerlo después. La primera vez que escuché completo el Ok Computer, allá por el año 2000, supe que no podría tener otro disco favorito; llevo once años convencido. Lo que no sabía cuando compré ese disco es lo que esa grabación de poco más de 45 minutos provocaría en mí: la música se volvería mi estilo de vida. Aunque ya tocaba la guitarra y leía mucho, el riff inicial de “Airbag” y su críptica letra (en especial porque mi inglés no era bueno) fueron una señal. Desde entonces mi destino se ligó irremediablemente a la literatura y la música.

Si hablo de mí en un texto sobre Thom Yorke es porque lo hago en calidad de evangelizado. Al igual que los cristianos que van de puerta en puerta contando cómo Jesús cambió sus vidas, narro primero mi historia para puntualizar la importancia de la música de Radiohead: mi historia es importante porque no es la única: a partir de ese 16 de junio cambiaron miles de personas.

Por supuesto, Thom Yorke no sabía que eso sucedería. De hecho, si algo ha marcado su vida es la incertidumbre: nació sano pero con un defecto en el ojo; los médicos y sus padres dudaban si Thomas Edward sería capaz de utilizar el ojo derecho. Seis operaciones y un par de años después salvó de todo peligro su ojo, pero se quedó con una marca perenne: un párpado caído que seguramente le valió muchas burlas crueles en la escuela.

Su amor por la música nació muy pronto. Desde chico aprendió a tocar la guitarra y el piano. Más tarde la música de Joy Division y los Talking Heads le dijeron que tendría que formar una banda. Aunque participó en algunos grupos de música electrónica antes de cumplir 16 años, fue hasta que entró a estudiar letras inglesas en Oxford que formó con sus amigos del bachillerato el grupo con el que se quedaría el resto de su vida. Al principio se llamaron On a Friday, en honor al único día que tenía disponible para ensayar. Eran tan pocas las esperanzas de éxito que incluso permitieron que entrara el hermano menor del bajista al grupo, con 15 años en aquel entonces. Colin, Phil, Ed, Jonny y Thom tuvieron que terminar la universidad antes de decidirse a ser rockeros de tiempo completo. Sólo Jonny dejó trunca su licenciatura en psicología.

En 1992 consiguieron un contrato discográfico con la única condición de cambiar el nombre de la banda. Thom no dudó en proponer el nombre de una canción de los Talking Heads: “Radiohead”. Ese mismo año lanzaron el EP Drill y grabaron su primer disco, Pablo Honey. El disco hubiera pasado sin pena ni gloria de no ser por una canción, “Creep”. Ese track simplón, hecho en homenaje a un pasajero desamor de Thom, brilló sólo por la estridente guitarra de Jonny. Paradójicamente, él ha declarado que hizo ese riff “para joder la canción”, pues no le gustaba. Acaso nadie recordaría hoy a Radiohead de no ser por las ganas de joder que tuvo Jonny en esa grabación. Pero nadie los recordaría igualmente si no hubieran sacado como primer sencillo de su segundo album, The Bends, una canción aún más estridente: “My Iron Lung”. Cuando todo creían que Radiohead no pasaría de un one-hit-wonder, ellos publicaron una sencillo que seguramente impresionó a más de un operador de radio: una balada común se convertía al minuto siguiente en una explosión que cantaba “This is our new song/just like the last one/ a total waste of time”.

Incluso con el éxito que les trajo el The Bends, nadie esperaba el Ok Computer: fue nombrado disco del año, de la década, incluso disco del siglo para algunos. Ciertamente ese LP marcó un antes y un después en el rock: recogía elementos de toda la tradición musical del siglo XX al mismo tiempo que marcó el futuro visible para el siglo XXI. No contentos con cerrar la historia musical de un siglo, fundaron el siguiente: en el año 2000 lanzaron el Kid A. Si al escuchar el Ok Computer vislumbramos el futuro del rock con el Kid A supimos a qué debía sonar el presente.

Desde entonces Thom Yorke es reconocido como el líder del “último gran grupo”; una etiqueta que ubica a Radiohead en un sitio central en la historia reciente del rock. Sólo un grupo como Radiohead sería capaz de cometer la hazaña de lanzar un disco sin disquera (con el In Rainbows, en el 2007), sin precio fijo a través de su sitio de Internet y volverse millonarios. Sólo Radiohead puede lanzar un disco poco complaciente como The King Of Limbs y recibir tantas felicitaciones. En estos tiempos donde el público desdeña a cualquier artista que aspire a ser leyenda, Radiohead es reconocido en cada artículo y reportaje como el mejor grupo del mundo. Pero, claro está, eso es lo de menos: lo que importa en sus discos es lo que sucede fuera de ellos: ahí estamos nosotros, los escuchas; los que consideramos las canciones de Yorke como obras maestras de la literatura y la música popular porque han dirigido y acompañado nuestra vida. Y hemos hecho lo posible para que él se entere: un 15 de marzo del 2009 en el Foro Sol vi a Thom Yorke con una cara de asombro; no podía creer que en el mismo país donde tuvo una pésima experiencia en 1994, ahora lo recibieran con tanto cariño. Ese día entendí que en realidad nosotros cambiamos su vida.

Más allá de los discos vendidos o los estadios llenos está el lugar donde la música cobra una importancia vital: cuando uno escucha en cualquier momento una gran canción está encontrándose con un amigo. Si una canción es genial no es mérito del cantante; es mérito de la canción. Una gran canción es un lugar: ahí miles de personas, incluyendo al autor, se encuentran para apoyarse, cambiar, llorar, reír, tomar aliento. Lo que hay entre el autor y el escucha es una hermandad, una amistad entre desconocidos. Thom Yorke, sí, es un genio, pero sobre todo es un amigo que jamás conoceré en persona. Radiohead ha hecho en sus canciones sitios para entender y continuar la vida. De eso se trata la música.

Este artículo apareció en la revista Diez/4 de Tijuana.
http://diez4.com/diez4/2011/extra-extra/thom-yorke-todo-esta-en-el-lugar-correcto/



2 comentarios:

Anónimo dijo...

Que escrito más puñetero pinche fan de dos pesos, para hablar de Yorke debes dejar de hablar de ti, pa puterias mejor escribelas en tu 'querido diario'.

edegortari dijo...

Bueno, esto es algo parecido a mi "querido diario". Supongo que tengo derecho. Ser fan me ha salido gratis hasta ahora, así que yo diría que lo soy de cero pesos. Saludos.