Yesterday Pop

(available on videotape & cassette) eduardodegortari@gmail.com

16/02/2012

Now our lives are changing fast

Me acordé de dos poemas. El primero es de Pacheco. El segundo lo escribí, hace mucho (debía tener 18 años), luego de leer el de Pacheco. Me acordé porque de pronto me di cuenta que el tiempo pasa.


Ayer y hoy


Ni la misma casa ni la misma ciudad, ni los mismos amores ni las mismas costumbres, ni los mismos libros ni los mismos amigos. De aquellos tiempos lo único que conservo es mi nombre.
José Emilio Pacheco


Cassette

Este cassette es un Delorean: 
es una máquina del tiempo 

una tarde lluviosa
una canción que del destierro nace
la construcción de una ola 
donde el pasado se forma como burbujas

Este cassette: fotografía
//Un techo lleno de palomas//
O piedras a medianoche 
golpeando en la ventana 
del cuarto de una chica 
La ventana que nunca se abrió

A veces este cassette corre como un Tsuru 98
//rewind de golondrinas blancas//
y pinta las paredes 
con los colores de una casa vieja 
donde nada cambió con los años 

13/02/2012

A chemical reaction (And one day you'll know where you are)

1
Todas las historias, para ser historias, deben tener un conflicto. Sin nudo no se tiene más que una anécdota. "La historia de una vida es la historia de un sufrimiento", decía Schopenhauer. Esta versión, sin duda, es la que más convence a la mayoría de los escritores; y la que más beneficios reporta a la mayoría de los psicólogos. Sin embargo yo prefiero esta mutación: "La historia de una vida es la historia de un padecimiento": la historia de una vida es, más que una simple dolencia, una enfermedad.

2
El acto de narrar implica crear la verdad en el instante en que se narra. Para los psicólogos los sueños son importantes en la medida en que son importantes para el paciente; en la medida en que el paciente los crea al contarlos. Para el médico lo que dice el paciente es un síntoma; pero el carácter detectivesco de su profesión lo obliga, igualmente, a buscar signos: la verdad médica (es decir, el diagnóstico) sólo es posible cuando el médico hace un lado lo que importa y lo que no; lo que es parte de la enfermedad y lo que es un simple achaque. Para el narrador de cualquier tipo la ficción es la realidad que prescinde de datos inútiles.

3
Tarde o temprano, cuando uno conoce lo suficiente a una persona, sale a relucir su historia verdadera. Parecerá que hay quienes tienen tragedias mayores que el resto de las personas, o, por el contrario, gente que ha gozado de una vida casi perfecta; sin embargo basta buscar lo suficiente para descubrir que todos tenemos una historia, una auténtica historia que contar; y toda buena historia, por definición, es una historia triste: Toda historia (tenga un final feliz o no; exista una cura o no) es la historia de un padecimiento.

4
Las narraciones más valiosas (o al menos las que más me interesan) no son detectivescas; son médicas. Aunque afirmé que la ciencia médica siempre tiene un ánimo detectivesco, una diferencia separa ambas profesiones: mientras el detective busca resolver un crimen que casi siempre ocurre en el pasado, el médico debe resolver un crimen que ocurre en el futuro. El diagnóstico del médico tiene como finalidad, a través del posterior tratamiento, la cura; el detective trabaja, en cambio, donde la cura no siempre es posible. La narración detectivesca puede contentarse con señalar al culpable; la narración médica, a diferencia de la otra, no puede detenerse en el descubrir el nombre de la enfermedad; su éxito depende de la cura. Claro está, no todas las enfermedades tienen cura ni todas las enfermedades tienen siquiera tratamiento; pero incluso en esos casos el deber del médico es procurar el bienestar del paciente.

5
No me basto con señalar al culpable, encontrar un diagnóstico preciso: La literatura que me interesa es la que puede curarme.

6
Ahora bien, en la literatura (a diferencia de la medicina) el paciente y el médico pueden ser la misma persona: con las palabras, la automedicación no sólo es posible; es recomendable. La única condición indispensable para resolver la enfermedad es narrarla: no se puede diagnosticar lo que no aún no ha sido contado.

7
Nuestra historia a veces exige ser contada por otro. De menos merece una segunda opinión con tal de obtener un diagnóstico exacto. Igualmente a veces uno descubre sus propios padecimientos a través de la historia de otro: en la enfermedad de un extraño reconocemos nuestros síntomas y nuestros signos: al leer muy bien, no sólo podemos leer al otro: podemos leernos a nostros mismos.

8
Así como la mejor medicina, la mejor literatura es la que cura.

9
Hace poco escribí una historia auténticamente autobiográfica. Obtuve un diagnóstico. Hace poco escribí mi historia y obtuve mi conflicto: en la ficción descubrí el nudo de mi realidad. La mejor literatura es la que me funcionó a mí y fue por escrito, pero la cura es posible en cualquier parte; platicando con alguien en el coche, platicando con alguien por teléfono, platicando con la almohada: el chiste es narrar. Parafraseando a Vila-Matas en Lejos de Veracruz, la vida, para ser tal, debe ser narrada.

10
Si quiere saber su historia, acuda a su médico. (Puede ser usted mismo).


 

P.D. El fin de mi historia aún no tiene fin. Estoy en un punto donde ya puse el punto final pero la historia sigue. No me preocupo: el shuffle de la vida (o del iTunes) puede otorgarme la cura en cualquier momento.

11/02/2012

All your life you were only waiting for this moment

Desperté a las 6 de la mañana luego de haber dormido solamente tres horas. Acudí a la escuela, trabajé, cumplí compromisos, cancelé otros. Sin darme cuenta, hacia las 8 de la noche estaba en medio de dos emergencias simultáneas: Mientras acompañaba a un amigo al hospital, me enteraba de la emergencia de un familiar en otro hospital. Demasiadas cosas para un sólo día; demasiadas cosas para éste preciso día. Pero tuve que sobreponerme y atender las emergencias y disimular muy bien la sensatez necesaria para salir airado. Ninguna de las dos situaciones en realidad se han resuelto, pero al menos se han estabilizado. Y no estoy preocupado: estoy sumamente ocupado. Me permito esta pausa únicamente para sopesar la jornada, sabiendo que en unas horas tendré que despertar y enfrentar lo mismo. 

A las 3 de la mañana regresaba a casa abatido. Dos llamadas telefónicas me sostuvieron de pie. La primera me dio aliento para sobrevivir la calamidad; la segunda me explicó que había sobrevivido. A las 3 de la mañana terminaba el día más largo de mi vida. En la cabeza formulé dos verdades, ignoro si trágicas, pero al menos sí irrefutables: 1) Tarde o temprano uno adquiere responsabilidades. 2) Incluso haciendo bien las cosas, éstas pueden salir mal. Hasta ahora nada ha salido mal, pero sé que puede suceder y que de suceder al menos debo tener claro que hice mi parte y eso es lo único que importa.

Necesitaba escuchar una voz sabia. Antes de lo que supuse un derrumbe, llamé a mi padre. Le conté del día; de la presión, de la obligación de atender los imprevistos, de las tareas que me esperan. Ya con calma, mencioné la serie de alegrías que tuve en la semana y que me permitieron no ceder esta noche. Una vez que me tranquilizó y me dio a entender que lo peor había pasado, le dije que nunca había tenido un día así en mi vida. Él me respondió: "Entonces deberías apuntar esta fecha porque hoy te hiciste adulto." 

Un 10 de febrero del 2012, a mis 23 años, me convertí en un adulto. Supongo debo estar feliz de que alguien me lo haya dicho. Un 10 de febrero en que un amigo que no veía desde hace años me dijo "ya manejas muy bien, perdiste el miedo". Él se refería al coche; yo quiero pensar que hablaba de mi vida. Porque este día lo veía venir desde años y nunca supe si estaría listo o no. Hoy sucedió y creo que lo he hecho bien. Creo que puedo irme a dormir tranquilo de haber cumplido en el momento que había esperado siempre y que llegó de forma inesperada. 

Mi padre agregó: "Ahora imagina lo que viene: vendrán días iguales con los mismos problemas y llegarás a casa y habrá otros y un día te harás viejo y descubrirás que los hechos históricos que habían pasado hacía 100 años cuando eras joven ya cumplieron 150 años o más y ese mismo día tu hijo te llamará por teléfono a las 3 de la mañana, te contará su problemas y te darás cuenta que ya es un adulto".

Blackbird singing in the dead of night
Take these broken wheels and learn to drive



P.D. Siempre que pienso en "blackbirds" pienso en zanates, es decir en pichos.

31/01/2012

It's the best thing that you ever had, The best thing you ever had

¿Qué es lo más importante que has hecho con tu música?: Lo más importante es lo que dejas en la gente. La gente escribe cartas personales donde explican su relación con la música o con las canciones, cartas donde hablan de un periodo de su vida, de lo que hacían, de lo que les pasaba; y en ese tiempo salió tal disco y todas sus vivencias y recuerdos están relacionados con ese disco. Se vuelven como grabaciones caseras de vídeo para la gente, algo que escuchan y que se llevan a la tumba. Eso es sin duda lo más importante, absolutamente, porque es lo que yo también obtuve de la música. La primera vez que escuchas un disco que te impresiona es una sensación que guardas toda la vida, es la experiencia más profunda que has tenido nunca.

Entrevista a Thom Yorke, líder y cantante de Radiohead, El pop después del fin del pop, Pablo Gil, Ediciones Rockdelux, 2004

Agustín Fernández Mallo, Nocilla Experience, c. 78 

29/01/2012

When you've got to feel it in to your bones

Ayer tuve dos calambres tan fuertes en la pierna izquierda que de momento no puedo caminar sin cojear. En la semana he tenido cinco calambres. Las razones (ya mis padres médicos me dirán que algo hice mal) son lo de menos. El hecho es que el último calambre me sucedió estando de pie: caí contra el piso; aún no pasaba el calambre y ya tenía que sobarme el rostro. Es una suerte que no viva ni de mi rostro ni de mis piernas. Tengo la costumbre de cojear ante una pierna que se duerme ante la menor provocación (en este momento mi padre, al leer esto, se debe enojar porque no he ido al médico hace tiempo) pero cojear con el dolor remanente de un calambre es diferente; mientras por lo general cojeo esperando que la circulación se restablezca, de momento cojeo con un dolor parecido a tener una varilla de metal atravesando mi pantorrilla.

Ese calambre que me llevó al piso, menos mal, me obligó a leer y escribir toda la noche. ¿Qué más puede hacer uno cuando no puede moverse de la cama y, claro, está solo?

Tengo la desagradable costumbre de crear metáforas a partir de cosas demasiado concretas y, para muchos, escasamente poéticas; en casi todos los talleres literarios a los que he asistido he sido criticado por mi léxico, que si bien para mí es cursi y limitado, para mis talleristas y compañeros es tosco y nada etéreo. Aunque no suelo emplear palabras como "llave estilson", otras como "bujía" me parecen fabulosas. Lo que quiero decir es que un calambre que me tiró al piso me pareció el acto poético (por supuesto involuntario) que me resumió la semana: caminas, tienes una meta (en mi caso la cocina) y algo te obliga a detenerte, dolerte y renovar tu amor por los analgésicos antes de seguir. Mis amigos han tenido fuertes calambres esta semana; estancados en casa o en el trabajo, por una desilusión general ante la vida, han estado acalambrados, sopesando el dolor y sus consecuencias o fingiendo que no pasa gran cosa. Yo he tenido calambres esta semana, sin duda menos fuertes, pero que a mi corazón de pollo le han valido una suspensión temporal de ciertas mínimas pero indispensables alegrías. Tuve, además, un calambre crucial: En la central de autobuses en Veracruz de regreso al DF. Por un retraso no pude abordar mi camión; por un error informático no pude abordar el segundo. Pasaron tres horas entre mi primer boleto y mi tercer y definitivo boleto de autobús. Fueron tres horas de un calambre: al quedarme por la fuerza tuve que abandonarme a la espera, el enojo y la obligada reflexión sobre el viaje. Entre gritar en el piso de la cocina por un calambre y aburrise y enojarse en dosis iguales en una central del ADO no veo diferencias.

Cosa rara (lo admito), el calambre de hoy me obligó a pensar en alguien más que no fuera mi persona: conozco a alguien cuyo calambre me preocupa en especial porque su calambre fui yo; sin querer suspendí su estabilidad, la obligué a detenerse y sobarse porque no me tenía contemplado. Fui una parada inesperada y obligatoria. Espero lo contrario, pero es probable que aún me lleve esa persona como a una varilla metálica en la pantorrilla. Ser el calambre de alguien una de las peores formas de ser recordado; ante eso es preferible el olvido. Aunque mis acciones lo merezcan en cierta medida, tampoco demando ser borrado. Más bien espero haya ocurrido una solución misericordiosa: una analgésico para esa persona. Si le preguntara me diría que ya lo ha tomado y ha servido, y no dudaría nunca en creerle, pero mi papel de calambre me exige verificar el alivio de un Flanax emocional y ofrecer disculpas aquí (lo cual es tonto porque sé que no lo leerá).

Ahora entiendo esas escenas ineludibles de las series de televisión, casi siempre al final de un capítulo fuerte, donde se aprecia a los personajes en estados contemplativos con música suave y melancólica de fondo: House rebotando una pelota contra la pared; Bones saliendo de la ducha y mirando el espejo, etcétera. Ahora entiendo que todos ellos tienen calambres. Ahora mismo me imagino a mis amigos y a mí en escenas similares (aunque con mejor música de fondo) sumidos en estados melancólicos sobándonos el alma por culpa de un caprichoso guionista. Pero no tomaré un analgésico.




 P.D. Nunca utilizo la palabra "alma" en un poema. Me parece más exacto decir "disco duro".