31 ene. 2012

It's the best thing that you ever had, The best thing you ever had

¿Qué es lo más importante que has hecho con tu música?: Lo más importante es lo que dejas en la gente. La gente escribe cartas personales donde explican su relación con la música o con las canciones, cartas donde hablan de un periodo de su vida, de lo que hacían, de lo que les pasaba; y en ese tiempo salió tal disco y todas sus vivencias y recuerdos están relacionados con ese disco. Se vuelven como grabaciones caseras de vídeo para la gente, algo que escuchan y que se llevan a la tumba. Eso es sin duda lo más importante, absolutamente, porque es lo que yo también obtuve de la música. La primera vez que escuchas un disco que te impresiona es una sensación que guardas toda la vida, es la experiencia más profunda que has tenido nunca.

Entrevista a Thom Yorke, líder y cantante de Radiohead, El pop después del fin del pop, Pablo Gil, Ediciones Rockdelux, 2004

Agustín Fernández Mallo, Nocilla Experience, c. 78 

29 ene. 2012

When you've got to feel it in to your bones

Ayer tuve dos calambres tan fuertes en la pierna izquierda que de momento no puedo caminar sin cojear. En la semana he tenido cinco calambres. Las razones (ya mis padres médicos me dirán que algo hice mal) son lo de menos. El hecho es que el último calambre me sucedió estando de pie: caí contra el piso; aún no pasaba el calambre y ya tenía que sobarme el rostro. Es una suerte que no viva ni de mi rostro ni de mis piernas. Tengo la costumbre de cojear ante una pierna que se duerme ante la menor provocación (en este momento mi padre, al leer esto, se debe enojar porque no he ido al médico hace tiempo) pero cojear con el dolor remanente de un calambre es diferente; mientras por lo general cojeo esperando que la circulación se restablezca, de momento cojeo con un dolor parecido a tener una varilla de metal atravesando mi pantorrilla.

Ese calambre que me llevó al piso, menos mal, me obligó a leer y escribir toda la noche. ¿Qué más puede hacer uno cuando no puede moverse de la cama y, claro, está solo?

Tengo la desagradable costumbre de crear metáforas a partir de cosas demasiado concretas y, para muchos, escasamente poéticas; en casi todos los talleres literarios a los que he asistido he sido criticado por mi léxico, que si bien para mí es cursi y limitado, para mis talleristas y compañeros es tosco y nada etéreo. Aunque no suelo emplear palabras como "llave estilson", otras como "bujía" me parecen fabulosas. Lo que quiero decir es que un calambre que me tiró al piso me pareció el acto poético (por supuesto involuntario) que me resumió la semana: caminas, tienes una meta (en mi caso la cocina) y algo te obliga a detenerte, dolerte y renovar tu amor por los analgésicos antes de seguir. Mis amigos han tenido fuertes calambres esta semana; estancados en casa o en el trabajo, por una desilusión general ante la vida, han estado acalambrados, sopesando el dolor y sus consecuencias o fingiendo que no pasa gran cosa. Yo he tenido calambres esta semana, sin duda menos fuertes, pero que a mi corazón de pollo le han valido una suspensión temporal de ciertas mínimas pero indispensables alegrías. Tuve, además, un calambre crucial: En la central de autobuses en Veracruz de regreso al DF. Por un retraso no pude abordar mi camión; por un error informático no pude abordar el segundo. Pasaron tres horas entre mi primer boleto y mi tercer y definitivo boleto de autobús. Fueron tres horas de un calambre: al quedarme por la fuerza tuve que abandonarme a la espera, el enojo y la obligada reflexión sobre el viaje. Entre gritar en el piso de la cocina por un calambre y aburrise y enojarse en dosis iguales en una central del ADO no veo diferencias.

Cosa rara (lo admito), el calambre de hoy me obligó a pensar en alguien más que no fuera mi persona: conozco a alguien cuyo calambre me preocupa en especial porque su calambre fui yo; sin querer suspendí su estabilidad, la obligué a detenerse y sobarse porque no me tenía contemplado. Fui una parada inesperada y obligatoria. Espero lo contrario, pero es probable que aún me lleve esa persona como a una varilla metálica en la pantorrilla. Ser el calambre de alguien una de las peores formas de ser recordado; ante eso es preferible el olvido. Aunque mis acciones lo merezcan en cierta medida, tampoco demando ser borrado. Más bien espero haya ocurrido una solución misericordiosa: una analgésico para esa persona. Si le preguntara me diría que ya lo ha tomado y ha servido, y no dudaría nunca en creerle, pero mi papel de calambre me exige verificar el alivio de un Flanax emocional y ofrecer disculpas aquí (lo cual es tonto porque sé que no lo leerá).

Ahora entiendo esas escenas ineludibles de las series de televisión, casi siempre al final de un capítulo fuerte, donde se aprecia a los personajes en estados contemplativos con música suave y melancólica de fondo: House rebotando una pelota contra la pared; Bones saliendo de la ducha y mirando el espejo, etcétera. Ahora entiendo que todos ellos tienen calambres. Ahora mismo me imagino a mis amigos y a mí en escenas similares (aunque con mejor música de fondo) sumidos en estados melancólicos sobándonos el alma por culpa de un caprichoso guionista. Pero no tomaré un analgésico.




 P.D. Nunca utilizo la palabra "alma" en un poema. Me parece más exacto decir "disco duro".

20 ene. 2012

Faster than the speed of sound


Mejor será no regresar al pueblo,

al edén subvertido que se calla

en la mutilación de la metralla.

Ramón López Velarde

Nadie sabe que a Veracruz y a sus playas lejanas 
no pienso en la vida nunca volver.
Enrique Vila-Matas

1 Una semana
Espero a que amanezca en el fin de una semana llena de prodigios y hallazgos. Espero a que amanezca al filo de  una noche tan extraña como todas las noches anteriores. Estuve en Boca del Río una semana. Pasé una semana en los suburbios. Antes de irme alguien me dijo "qué bueno que regreses a tu casa". Esa persona tenía razón, de muchas maneras. Antes de venir más de una vez dije que sería un retiro espiritual; ya no sé si lo dije en broma.

2 Certidumbres
Mi última visita fue en abril del 2011. Desde entonces muchas cosas han cambiado en Veracruz, en la vida de mis amigos, en mi vida. Durante una semana incluso las cosas de siempre me parecieron insólitas; el dulce de leche o unas picadas tenían el sabor de la primera vez. Llevo un tiempo escribiendo un libro relacionado directamente con este sitio y venir aquí ha significado percibir la realidad común desde la perspectiva de la más apabullante ficción; cada detalle de mi casa, de las calles del fraccionamiento, de los aromas cotidianos, de la vista hacia el mar o la selva, se presentaban, si no como una ficción, sí como un punto de fricción entre lo real y lo escrito. A veces uno se sorprende de no ser traicionado por su memoria: de pronto asomo por la puerta de la casa y descubro que estoy en lo cierto: allá, al fondo de la colonia, está la selva, a simple vista; igualmente el mar está inquietantemente cerca: basta con caminar unas cuadras y el horizonte se vuelve una línea azul. 

3 Médanos
Durante una semana toda acción implicaba un asombro que no distinguía entre la novedad y la memoria. "En esta casa vivía tal chica y ahora es un oxxo"; "Aquí había médanos donde hice sandboard y ahora se alza un motel y dos condominios". Los cambios de la geografía revelan los cambios que ocurren en otros mapas: uno se da cuenta de que envejece y cambia porque la ciudad cambia y envejece. Desde que bajé del camión y el olor a sal me cambió un switch invisible en mis capacidades linguísticas ( en segundos vuelvo a decir "vato", "loco" y "ala" como si fueran mis palabras de siempre) supe que volvía, sí, pero supe que nada era igual al mismo tiempo. Ni yo soy el mismo ni la ciudad es la misma. 

4 In the suburbs I...
Cosas que recordé: La primera vez que vi el mar (a mis 5 años) no tenía una noción muy clara de lo que era el mar y dije que "estaba inundado". La comezón intensa que produce el ataque del chaquiste (una nube de moscos diminutos y mortales). Desde la puerta de la casa se ve el manglar (una mancha verde al fondo de las fotografías). El sabor de las picadas y el jugo de naranja una mañana cualquiera. La bendición del aire acondicionado. "Colonia" y "fraccionamiento" no son sinónimos en la medida en que vivir en un "fraccionamiento" se relaciona con un nivel económico mayor. Los pichos son las aves más fabulosas. La interpretación de los sueños. El zape sin motivos que mi padre me propinaba cada tarde y su justificación: "algo habrás hecho". La importancia de las cartas. Esa vez que mis amigos y yo robamos el coche de m padre (un Shadow 94); de las mejores noches de mi vida. La importancia de las fotografías. La alberca es el mejor sitio de la galaxia. Usar el oxxo como pretexto para caminar a las 3 de la mañana porque en realidad quieres oír una canción en los audífonos: la importancia de las canciones. La frase "dar el rol". Las luciérnagas. 

5 I'm moving past the feeling
Cosas que cambiaron: Un amigo tiene una hija hermosa. Un amigo estudia medicina. Amigos que trabajan. Amigos que piensan en casarse. Amigos que ya no piensan casarse (al menos no juntos). Un amigo tiene una escuela de animación. Todos mis amigos son adultos. Mi hermano pronto cumplirá 30 años (oficialmente ya no será jovencísimo). Mi padre tiene 60 (oficialmente es un anciano). No puedo pasar un día sin escribir. Me siento más seguro en el DF.

6 Sprawl I
La segunda noche que pasé aquí salí a tomar fotografías. Debían ser las 12 de la noche. Un marino con un rifle me increpó: ¿Qué hacía? ¿Dónde vivía? ¿Sabía qué hora era? No pasó a mayores, pero sí me llevé un susto. No es que hubiera olvidado que aquí se libra una guerra y que los marinos han reemplazado totalmente a la policía; es que no sabía qué tan real era. Esa misma noche hubo una decapitación en un bar muy famoso, o al menos el hallazgo de una cabeza frente a un bar muy famoso. Para mí, el hallazgo fundamental de esa noche fue que la guerra era tangible, que a partir de los enfrentamientos todo ha cambiado. No sé si la gente de aquí lo note. Yo lo noto. Después de que el marino me dejó ir me senté en una banca del parque donde estaba y me puse a escuchar "The Suburbs". Aún me sorprende que mis amigos noten que de alguna forma viven lo que ocurre en el video de esa canción. Aquel día en que tiraron 32 cuerpos sobre Ruíz Cortines un amigo vio el video de Arcade Fire y dijo "yo vivo esto". Yo también vivo eso, porque (como reza "Sprawl II") no es posible escapar de la expansión. Ese amigo me dijo una tarde "cada vez que hablamos de Veracruz, de lo que pasa y de lo que nos pasó siento que estamos citando las letras de ese disco de memoria". Yo agregaría: desde nuestra memoria, nuestra memoria personal.    

7 Detergente
Recogí dos días a mi hermana menor en su escuela. Ella estudia en el mismo colegio donde estudié la secundaria. La fachada es lo único que ha cambiado. Todo lo demás sigue igual. Incluso me atrevería a decir que el detergente que usan para limpiar es el mismo: la escuela huele igual que hace diez años. 

8 Transitorio
Con un amigo comparto la condición del desarraigo: él vive en España, yo en el DF y sólo nos encontramos en Veracruz. Ambos reconocemos en el otro una peculiar forma de ser extranjero: ya no somos de aquí, pero tampoco somos de los lugares donde habitamos y tenemos nuestra vida. Visitar Veracruz es una suspensión de lo real para nosotros; durante unas semanas nos insertamos en una rutina ajena y nos marchamos antes de tener que quedarnos para siempre. Su acento no es del todo español. Ignoro qué pensará de mi acento. En twitter puse antes de venir: "No tengo ciudad, no tengo un espacio propio, no tengo gentilicio. Pertenezco al tránsito, a la vista aérea, al movimiento." MetaFicticio me respondió sabiamente: Tu gentilicio es "transitorio". Ahora me consta que tiene la razón. 

9 Cocuyos
Ayer, luego de una fabulosa noche con mis amigos, me quedé platicando frente a la casa con uno de ellos. Antes de despedirnos el cielo se iluminó durante 5 o más segundos como si fuera un trueno, pero, claro, no lo era. El suelo se cimbró. Minutos después vino una segunda explosión y la luz se fue. Seguramente había explotado algo en la planta eléctrica de Dos Bocas, en Medellín. Mi amigo dudó un instante "¿Y si fue Laguna Verde?" "Si hubiera sido Laguna Verde no lo estaríamos preguntando", le dije. No sé si entendió el mensaje ("Porque no estaríamos vivos") pero me dio la razón. En su coche fuimos hasta lo alto de una loma donde se ve todo Boca del Río. Ni una luz a la redonda. Las luces más cercanas venían del puerto. Cuando la civilización se va la naturaleza se acomoda en el espacio vacío inmediatamente: entré a casa y vi una pequeña luz frente a mí: una luciérnaga. Hace años que no veía un cocuyo en la que antes era "la ciudad de los cocuyos". Pensé que ya no existían. Busqué con mi padre noticias al respecto en una radio de pilas. Ante la omnipresencia de la música tropical le dije "si este fuera el Apocalipsis me queda claro que moriríamos escuchando cumbias".  Luego hallé una voz en el espectro radial y no era lo que buscaba pero vale la pena mencionarlo: "Radio Progreso (la onda de la alegría) transmitiendo desde La Habana, Cuba". Antes ya había captado una señal desde Texas. Tienen que desaparecer todas las señales para que percibas la más débil: Radio Progreso. Tienen que irse todas las luces para que veas la luz más diminuta: la de un cocuyo.

10 Faster than the speed of sound
Los Smashing Pumpkins, siempre oportunos, me explicaron mi vida esta semana. Me es imposible ver los videos de "1979" y "Perfect" sin sentirme capturado ahí. Incluso los actores son los mismos en ambos videos. El antes y el después: Ser adolescentes con una "urgencia del ahora" y luego ver cómo algunos de tus amigos ahora tienen hijos. Íbamos más rápido que el sonido. Más rápido de lo que creíamos. 

11 El mar
Regresé a casa y ahora debo volver a casa.
Ahora que amaneció iré a la playa. 
Nadaré antes de irme.
Transitoriamente éste es mi sitio:
el sitio donde siempre se ve el mar. 


13 ene. 2012

How To Disappear Completely

-¡Qué mundo más extraño! Cada día es más difícil distinguir lo hipotético de lo real. Tengo, tú que eres escritor, ¿cómo definirías la realidad?
-El mundo real es aquel donde, cuando te pinchas con una aguja, brota sangre roja -contestó Tengo.

(...)

Pero la historia que estaba escribiendo había tomado una dirección, y avanzaba casi de forma automática,  tenía vida propia y, lo quisiera o no, Tengo ya formaba parte de ese mundo. Para él había dejado de ser un mundo ficticio. Se había convertido en un mundo real, en el que, si uno se abría la piel con un cuchillo, brotaba sangre roja, sangre de verdad. 

Haruki Murakami, 1Q84 


"Debo dejar algo claro: no dicho nada extraordinario ni tampoco sorprendente. Lo extraordinario comienza en el instante en que dejo de escribir. Pero entonces ya no soy capaz de hablar de ello".

Paul Auster, La invención de la soledad 


El hecho de escribir sobre mí mismo en primera persona me había obligado a contenerme, a volverme invisible, impidiéndome encontrar lo que andaba buscando. Me hacía falta distanciarme, dar un paso atrás y crear un espacio entre mí mismo y el tema (que no era sino mi propia persona) así que volví al principio y empecé a escribir en tercera persona. Yo se convirtió en Él, y la distancia establecida por aquel pequeño cambio me permitió acabar el libro.
Paul Auster, Invisible 
 

El mundo está en mi cabeza: mi cuerpo está en el mundo.
Paul Auster, a los 19 años, en una libreta.


5 ene. 2012

We are not asleep, we are on the streets

Paramos a medio camino hacia ninguna parte en la carretera al Ajusco y bajamos a un 7 Eleven. Casi las tres de la mañana del miércoles. Mientras me servía un café, y mi primo y un amigo compraban donas y agua y otros tres amigos esperaban en el coche, me pregunté cómo acepté embarcarme en semejante idea; o peor aún: cómo acepté poner mi coche para semejante idea. No supe qué responder. Culpé al clima por mi falta de juicio: Era una noche terriblemente fría; yo cargaba un suéter y dos sudaderas encima y seguía tiritando: más de una neurona se me debió haber hecho hielo.

Mi primo (el mismo que tuvo la gracia de confundir la calle de Nayarit con la de Yucatán en Año Nuevo) tiene la virtud de proponer excelentes planes que casi siempre son irrealizables. A penas la mañana del día anterior me había comentado que habría una lluvia de estrellas visible desde nuestro país. Me envió el link informativo rodeado de comentarios tan entusiastas que sentí que sería un pecado no revisar de menos esa proposición imposible. El requisito indispensable para contemplar esa lluvia de estrellas entre las 3 y las 5 de la mañana sería estar lejos de la civilización, ahí donde la luz artificial no llega. El lugar ideal nos pareció obvio: el Ajusco. Sin pensarlo dos veces (acaso ninguna) accedí a ir y le dije que pasaría por él a las dos de la mañana. Incluso para mí, que suelo vivir de noche, me pareció un exceso citarse a semejante hora. Pero ya era demasiado tarde.

Cobijas, chamarras extra, un disco que me dijera que estaba haciendo lo correcto: sólo eso necesité para embarcarme hacia la auténtica nada. En medio de los preparativos, no sólo no me arrepentí sino que me sentí contagiado por la emoción que mi primo profesa por todo plan que venga acompañado de múltiples contras e impedimentos. Sin duda mi memoria propició el contagio: Recordé que una vez de niño, junto con los amigos del condominio donde vivía, vi pasar un meteorito sobre nosotros que estábamos, en una clara noche de verano, a un lado de la alberca. Dudo si mi memoria embellece el hecho pues la imagen que conservo es demasiado nítida para ser una exageración: ese meteorito me pareció enorme; un gran tizón de flamas y estela azules, (en proporción) casi del tamaño de la luna. Lo vimos absortos durante más de un minuto. Se perdió en el horizonte dejándonos llenos de dudas y asombro. Corrí a decirle a mis padres. Ante mi reacción no dudaron en creerme. Mi padre incluso buscó algún reporte en la radio ese día y alguna mención en el periódico del día siguiente. No encontró nada. Pensamos en las consecuencias de un meteorito: un cráter a las afueras de la ciudad; pensamos que alguien lo encontraría. Pero nunca escuchamos ni un rumor al respecto. Desde esa noche me acostumbré a ver el cielo, bajo cualquier circunstancia, buscando un evento que igualara en magnitud el hallazgo de aquel meteorito espectral: Un ovni, un avión en llamas, otro asteroide, una lluvia de peces, lo que fuera: Me acostumbré a esperar lo inesperado. Por desgracia esa noche también aprendí que los eventos extraordinarios no siempre son noticia.

Llegué a casa de mi primo y descubrí que nadie me esperaba. Él bebía con unos amigos que sin duda no esperaban que yo llegara y menos con mis intenciones: llevarlos, sí, a la carretera, sí, a ver una lluvia de estrellas. "No creí que vinieras", dijo mi primo. Me sorprendió que él pensara que acepté su propuesta por seguirle la corriente, que diría que sí, que pasaría, para luego desentenderme y olvidarme del asunto. Ahora resultaba que yo tenía la culpa de ejecutar el plan que mi primo tuvo durante un lapsus de eufórica adolescencia. Pero ya estábamos en el coche, ya estábamos en Insurgentes, ya estábamos en Periférico, ya daba la vuelta para incorporarme a la carretera al Ajusco, ya corría por la carretera viendo cómo pasaba por los lugares conocidos, transitados, alejándome. Nos detuvimos a cargar gasolina por un sabio y previsor comentario de mi copiloto: "en las películas de terror todo empieza a fallar cuando se pierden y se quedan sin combustible". Su argumento me pareció irrefutable. El hombre que me atendió en la gasolinería estaba dormido cuando llegamos. "¿Qué nadie pasa por aquí, a esta hora, en esta dirección?", pensé. Pero el vacío de la calle y la somnolencia de aquel hombre eran contundentes. Una cuadra más adelante nos detuvimos en el 7 Eleven. Había pasado por ahí hacía pocos días; incluso ya sabía irme desde ese lugar hacia mi casa atravesando el cerro. Ese 7 Eleven marcaba el fin de mi ciudad, mi último punto conocido: al incorporarnos de nuevo al camino todo sería incertidumbre o, al menos, novedad. En la radio se oía una voz: "Let's go for a drive/See the town tonight/There's nothing to do but I'll unwind when I'm with you".

Pronto los carriles se disminuyeron y el paisaje se fue despoblando. Ingenuos, inexpertos, buscábamos algún letrero que indicara el camino hacia el mirador del Ajusco. Todas las señas que teníamos para llegar  a ese hipotético mirador nos las dio aquel chico que nos atendió en el 7 Eleven. Era como buscar la calle de Nayarit: llegaríamos, como siempre, de milagro. Pasamos una "Y", seguimos el camino de la derecha. Pronto todo fue árboles y oscuridad. Mi copiloto, siempre oportuno, dijo: "ahora sí parece película de terror". Todos asentimos con una risa nerviosa. Ascendimos muchos kilómetros entre topes cada vez más invisibles e inevitables en un recorrido que se antojaba tan largo como salir a la auténtica provincia, porque no sabíamos ciertamente a dónde íbamos. Cuando nos sentimos muy lejos de todo, y el hallazgo del "mirador" era cada vez más lejano, decidimos seguir sólo 5 kilómetros más. Recorrimos más de los acordados pero no le dije al resto de los tripulantes. Encontramos un claro, adyacente a la carretera, y decidimos parar ahí. 

Hasta que nos bajamos del coche, y sentimos un auténtico frío de la chingada, pensé en todas las cosas que podían salir mal y todos los peligros que entraña detenerse en medio de la nada. Un coche pasó de pronto por la carretera materializando mis preocupaciones. Se siguió derecho. Dudábamos, ya preparábamos nuestros reclamos hacia mi primo, platicábamos cualquier estupidez con tal de olvidar el frío y temíamos por los ruidos comunes del bosque que nos eran del todo ajenos. Vi hacia el cielo dudando: empecé a no esperar lo, ahora sí, esperado. Entonces a la altura del cinturón de Orión pasó una centella que todos vimos. Fue rápido y simple; distaba de ser un espectáculo, pero fue emocionante. Mis ojos se acostumbraron a la oscuridad revelando un cielo desconocido para la noche de la Ciudad de México: estrellado, sencillamente estrellado, verdaderamente estrellado. Ahí estaban las constelaciones que descifré con mis magros conocimientos de astronomía. Eran, como diría Velarde, "las cintilaciones del zodiaco/sobre la sombra de nuestras conciencias". Sí: el frío me ponía lírico.  

Por fortuna (bendita fortuna) vinieron muchas centellas más. Acaso no fue una lluvia pero sí hubo muchos disparos consecutivos en el cielo. Nos acostamos en el suelo, rodeados por las cobijas que nunca me habían parecido tan indispensables. Cada centella nos deparaba el mismo asombro, empezando porque ahora sí había salido todo bien. Debieron ser más de doce estrellas fugaces y con cada una sentí algo similar a lo que sentí con aquel meteorito que pasó por encima de mi casa hace muchos años. La diferencia es que esta lluvia de estrellas fue noticia antes de suceder: los eventos extraordinarios pueden ser previstos pero no por ello son menos impresionantes: contra todo pronóstico, el asombro puede ser programado. 

En mi radio mental sonaba: "We were too young/Now that night's closing in..." Porque la única explicación viable para entender cómo nos atrevimos a hacer algo que no es una salida común en la ciudad, pero tampoco un viaje a la provincia, es que nuestros actos obedecieron a una audacia casi adolescente. Fue una rebeldía mínima: nos fuimos de la ciudad, pero no muy lejos. ¿Para qué salir así, casi sin motivos, sin una meta definida, hacia la nada? ¿Para ver doce centellas, por demás escurridizas? Nuestra pequeña rebelión radica en que salimos seducidos por un evento casi romántico, que no necesitó de otra espuela que la juventud:casi siempre, ser joven es salir a dar la vuelta sin motivos. En especial porque para muchos doce centellas no es razón suficiente para salir a ninguna parte; en especial por ese infantil desafío que es estar en el campo mientras la ciudad, bien que mal, duerme. Es claro que si me pongo a pensar en todo esto es porque sé que un día dejaré de ser joven y por eso no me viene mal explicar mis acciones a partir de esa condición tan escurridiza y escasa como una centella.

Una densa neblina borró las estrellas y nos recordó que era invierno y que estábamos en el Ajusco: mala combinación. Eran las 4:45 de la mañana. Oímos el ulular de un búho y mi copiloto dijo: "cuando el tecolote canta significa que ya vámonos". Otra vez no pudimos refutar sus argumentos. Además debo aclarar: Somos jóvenes, pero no idiotas. Nos marchamos tiritando, con los pies seguramente azules, de ese lugar que pertenece al Distrito Federal pero no es la Ciudad de México: nos fuimos de un lugar llamado "la nada".

El camino de regreso siempre es más fácil y rápido que el de ida: se debe a que ahora sabes a dónde y por dónde vas. Pronto la ciudad me pareció ridiculamente cerca, como si toda esa mínima travesía hubiera sido todavía más pequeña. Sin embargo el evento aún nos parecía insólito: en la radio sonaba otra vez "Let's go for a drive/See the town tonight/There's nothing to do but I'll unwind when I'm with you" y una amiga no dudó en decir que esa canción era ideal para el momento: mis amigos habían salido esa noche con una lógica implacable. A medio camino hacia el valle encontramos el legendario mirador. Nos detuvimos y reconocimos que jamás hubiéramos podido ver las estrellas del cielo por culpa de las estrellas de la ciudad: reconocimos que en la ciudad, incluso, hay constelaciones: reconocimos que estábamos por regresar a la ciudad más grande del mundo. El gringo que iba con nosotros confirmó lo dicho: ni Los Ángeles le parecía tan imponente desde ese mirador. Nos fuimos porque de pronto volvimos a ser adultos: alguien dijo que entraba a la oficina a las 9, otro que atendería el café desde las 12: hasta la más pequeña rebelión tiene caducidad. Mientras veía la ciudad dormir allá abajo, tanto en mi radio mental como en la radio del coche sonaba: "We are not asleep: we are on the streets." Así era; antes de que todos despertaran, nosotros no estábamos durmiendo: estábamos en las calles: esa noche fuimos una centella/cruzando en mi coche/las constelaciones del valle.




P.D. Descubro alegremente que ésta es mi entrada número 100 en el blog en los casi 6 años que llevo con él: ya ven: el asombro es programable.

1 ene. 2012

No Cars Go

1
Muchas de las mejores y peores cosas de mi vida me han pasado abordo de un automóvil. Lo admito: soy un hombre motorizado. Esa máquina contradictoria, que me ha otorgado por igual culpas y carcajadas, dolores de cabeza y motivos de celebración, irremediablemente me parece la metáfora más exacta de la vida. A casi cualquier uso, parte, momento, situación de un automóvil le he encontrado una correspondencia con la realidad. ¿El pasado?: Lo que se ve en el espejo retrovisor. ¿El amor?: Un choque automovilístico. Y así podría seguirme. Acaso a lo único que no le he encontrado una correspondencia decorosa es al mofle (y de haberla encontrado me la reservo con pudor). Por supuesto la facilidad con que se presta el coche para explicar la existencia proviene de concebir a ésta última como un camino. Y en ese caso la culpa de todo la tienen los griegos que daban a la palabra bios un doble significado esclarecedor: por un lado, sí, quiere decir "vida"; por el otro quiere decir "arco". Esa representación gráfica de la vida supera y cimenta todas mis respuestas provisionales ligadas a un vehículo de cuatro ruedas (porque Dios sabe que más o menos ruedas no es vida). 

2
El Año Nuevo tiene la particularidad de hacer de la reflexión un  evento casi tan obligado como las doce uvas protocolarias. Esa fecha arbitraria que en teoría sólo sirve para no perder la noción del tiempo se presta para que incluso los más pragmáticos o los más dispersos se detengan a pensar en lo que pasó y en lo que viene. Unos hacen listas de propósitos casi siempre destinados al fracaso; otros, movidos por el entusiasmo o por un ligero abuso de sidra, dan discursos llenos de buenas intenciones durante la cena familiar; muchos simplemente se dan el lujo de ser cursis un día y aceptar que el tiempo pasa irremediablemente. Una minoria, a la que sin duda pertenezco, levanta la ceja ante los propósitos, los discursos y la nostalgia porque justamente eso hacemos los 364 días restantes del año: a los cursis de tiempo completo les parece casi un despropósito ser cursis sólo en fechas programadas. 

El Año Nuevo también divide a la gente por edades: mientras los viejos (muy acostumbrados a la realidad) tienen como mayor esperanza que toda ese exceso de comida no se traduzca en alarmantes niveles de todo en el próximo examen médico, los jóvenes se colman de expectativas y anhelos en una fiesta que muy probablemente saque a relucir una temporal vocación de iguana: contemplar la salida del sol hasta que empiece a calentar un poco (y quemar, de paso, las retinas) anunciando la hora de dormir.  El Año Nuevo revela nuestra relación con el futuro: Los jóvenes tienen planes, esperanzas; los viejos (cuyo plan exclusivo es evitar los hospitales) se conforman con un nivel tolerable de triglicéridos. 

3
Como soy un cursi de tiempo completo, poco me importó que mi celebración del Año Nuevo no se pareciera ni por equivocación a la que tenía en mente. Mi noche se podría resumir en un aforismo de Luigi Amara: "Ni siquiera la ejecución más perfecta tendrá nunca la belleza del plan". Pasada la cena familiar, tenía planeado ir con unos amigos a una fiesta que por momentos se antojó inexistente por el simple hecho de que las semanas de planeación nos impidió cumplir el requisito indispensable: pedir la dirección exacta. Buscamos largo rato la calle de Nayarit en la Roma (el único dato más o menos verídico a nuestra disposición) y cuando la encontramos aquel que nos llevaba a la fiesta tuvo la ocurrencia de decir que, ahora que lo recordaba, en realidad la fiesta era en la calle de Yucatán. Para fortuna de mi desafortunado amigo, nuestro destino sí estaba en Nayarit. La casualidad nos permitió arribar al lugar indicado con una exactitud legendaria: supimos que fue una gran fiesta porque llegamos al mismo tiempo que la policía. La ejecución de un plan que pensamos infalible devino en urgente improvisación: Sólo el exquisito curry que preparó un amigo en su casa nos convenció de que esa noche no fue nuestro primer fracaso del año. Ya amanecidos, los sobrevivientes asumimos nuestra secreta vocación de iguanas: desde una azotea vimos la grisura típica de Santo Domingo iluminada por un sol a todas luces misericordioso: De no ser por ese ritual mitad hippie mitad reptiliano la noche de ayer hubiera sido exactamente igual a cualquier otra noche de sábado.

4
A las ocho de la mañana, de regreso a casa, me abandoné a la música del azar; es decir, a la primera canción que puse en el estéreo del coche sin fijarme. Una entrada de orquesta me anunció lo inesperadamente esperado: "No Cars Go". Bajando a toda velocidad por Insurgentes sentí que rendía casualmente un personal homenaje a Jack Kerouac corriendo por la avenida que lo vio llegar a la Ciudad de México. Los fanáticos somos felices de sólo saber que pisamos el mismo suelo que nuestros ídolos: fui feliz de compartir con uno de mis escritores favoritos al menos el tránsito por una avenida, unos kilómetros de asfalto, una parte pequeña del mundo. Me sentí igualmente satisfecho con el azar: "No Cars Go" es una de mis canción favoritas y a partir de ella hice un poema que me ha dado un poco de confianza y mucha suerte. Los que acostumbramos a buscar revelaciones y señales del destino bajo cualquier circunstancia nos vemos particularmente entusiasmados al presentir un hallazgo casual (y por lo mismo auténtico) en un día consagrado a las reflexiones obligadas: Ni al comer las doce uvas, ni al brindar, ni al ver la salida del sol me sentí apto para la contemplación: los protocolos, paradójicamente, pueden difuminar el sentido simbólico de una fecha.

5
Una ironía no se me escapa: me entusiasma conducir a toda velocidad por una avenida vacía en la primera mañana del año escuchando una canción que justo habla de un lugar a donde no llegan los automóviles. Me entusiasma porque la imposibilidad no me impide intentarlo: llegar con mi coche a donde no llega ningún coche. Me entusiasma porque en buena medida eso es lo que la mayoría pide con doce uvas de por medio en estas fechas: que la vida dé más de lo que puede. Ese lugar al que no llegan los coches, lo sé, está en medio de la luz que se va y el inicio del sueño. Sin embargo de buena gana le exijo a mi coche llegar a donde no puede porque mi coche es una metáfora de mi vida, y a mi vida también le exijo lo imposible.


P.D. Aquí el poema de "No Cars Go" por cortesía de Roberto Cruz Arzabal.