1 ene. 2012

No Cars Go

1
Muchas de las mejores y peores cosas de mi vida me han pasado abordo de un automóvil. Lo admito: soy un hombre motorizado. Esa máquina contradictoria, que me ha otorgado por igual culpas y carcajadas, dolores de cabeza y motivos de celebración, irremediablemente me parece la metáfora más exacta de la vida. A casi cualquier uso, parte, momento, situación de un automóvil le he encontrado una correspondencia con la realidad. ¿El pasado?: Lo que se ve en el espejo retrovisor. ¿El amor?: Un choque automovilístico. Y así podría seguirme. Acaso a lo único que no le he encontrado una correspondencia decorosa es al mofle (y de haberla encontrado me la reservo con pudor). Por supuesto la facilidad con que se presta el coche para explicar la existencia proviene de concebir a ésta última como un camino. Y en ese caso la culpa de todo la tienen los griegos que daban a la palabra bios un doble significado esclarecedor: por un lado, sí, quiere decir "vida"; por el otro quiere decir "arco". Esa representación gráfica de la vida supera y cimenta todas mis respuestas provisionales ligadas a un vehículo de cuatro ruedas (porque Dios sabe que más o menos ruedas no es vida). 

2
El Año Nuevo tiene la particularidad de hacer de la reflexión un  evento casi tan obligado como las doce uvas protocolarias. Esa fecha arbitraria que en teoría sólo sirve para no perder la noción del tiempo se presta para que incluso los más pragmáticos o los más dispersos se detengan a pensar en lo que pasó y en lo que viene. Unos hacen listas de propósitos casi siempre destinados al fracaso; otros, movidos por el entusiasmo o por un ligero abuso de sidra, dan discursos llenos de buenas intenciones durante la cena familiar; muchos simplemente se dan el lujo de ser cursis un día y aceptar que el tiempo pasa irremediablemente. Una minoria, a la que sin duda pertenezco, levanta la ceja ante los propósitos, los discursos y la nostalgia porque justamente eso hacemos los 364 días restantes del año: a los cursis de tiempo completo les parece casi un despropósito ser cursis sólo en fechas programadas. 

El Año Nuevo también divide a la gente por edades: mientras los viejos (muy acostumbrados a la realidad) tienen como mayor esperanza que toda ese exceso de comida no se traduzca en alarmantes niveles de todo en el próximo examen médico, los jóvenes se colman de expectativas y anhelos en una fiesta que muy probablemente saque a relucir una temporal vocación de iguana: contemplar la salida del sol hasta que empiece a calentar un poco (y quemar, de paso, las retinas) anunciando la hora de dormir.  El Año Nuevo revela nuestra relación con el futuro: Los jóvenes tienen planes, esperanzas; los viejos (cuyo plan exclusivo es evitar los hospitales) se conforman con un nivel tolerable de triglicéridos. 

3
Como soy un cursi de tiempo completo, poco me importó que mi celebración del Año Nuevo no se pareciera ni por equivocación a la que tenía en mente. Mi noche se podría resumir en un aforismo de Luigi Amara: "Ni siquiera la ejecución más perfecta tendrá nunca la belleza del plan". Pasada la cena familiar, tenía planeado ir con unos amigos a una fiesta que por momentos se antojó inexistente por el simple hecho de que las semanas de planeación nos impidió cumplir el requisito indispensable: pedir la dirección exacta. Buscamos largo rato la calle de Nayarit en la Roma (el único dato más o menos verídico a nuestra disposición) y cuando la encontramos aquel que nos llevaba a la fiesta tuvo la ocurrencia de decir que, ahora que lo recordaba, en realidad la fiesta era en la calle de Yucatán. Para fortuna de mi desafortunado amigo, nuestro destino sí estaba en Nayarit. La casualidad nos permitió arribar al lugar indicado con una exactitud legendaria: supimos que fue una gran fiesta porque llegamos al mismo tiempo que la policía. La ejecución de un plan que pensamos infalible devino en urgente improvisación: Sólo el exquisito curry que preparó un amigo en su casa nos convenció de que esa noche no fue nuestro primer fracaso del año. Ya amanecidos, los sobrevivientes asumimos nuestra secreta vocación de iguanas: desde una azotea vimos la grisura típica de Santo Domingo iluminada por un sol a todas luces misericordioso: De no ser por ese ritual mitad hippie mitad reptiliano la noche de ayer hubiera sido exactamente igual a cualquier otra noche de sábado.

4
A las ocho de la mañana, de regreso a casa, me abandoné a la música del azar; es decir, a la primera canción que puse en el estéreo del coche sin fijarme. Una entrada de orquesta me anunció lo inesperadamente esperado: "No Cars Go". Bajando a toda velocidad por Insurgentes sentí que rendía casualmente un personal homenaje a Jack Kerouac corriendo por la avenida que lo vio llegar a la Ciudad de México. Los fanáticos somos felices de sólo saber que pisamos el mismo suelo que nuestros ídolos: fui feliz de compartir con uno de mis escritores favoritos al menos el tránsito por una avenida, unos kilómetros de asfalto, una parte pequeña del mundo. Me sentí igualmente satisfecho con el azar: "No Cars Go" es una de mis canción favoritas y a partir de ella hice un poema que me ha dado un poco de confianza y mucha suerte. Los que acostumbramos a buscar revelaciones y señales del destino bajo cualquier circunstancia nos vemos particularmente entusiasmados al presentir un hallazgo casual (y por lo mismo auténtico) en un día consagrado a las reflexiones obligadas: Ni al comer las doce uvas, ni al brindar, ni al ver la salida del sol me sentí apto para la contemplación: los protocolos, paradójicamente, pueden difuminar el sentido simbólico de una fecha.

5
Una ironía no se me escapa: me entusiasma conducir a toda velocidad por una avenida vacía en la primera mañana del año escuchando una canción que justo habla de un lugar a donde no llegan los automóviles. Me entusiasma porque la imposibilidad no me impide intentarlo: llegar con mi coche a donde no llega ningún coche. Me entusiasma porque en buena medida eso es lo que la mayoría pide con doce uvas de por medio en estas fechas: que la vida dé más de lo que puede. Ese lugar al que no llegan los coches, lo sé, está en medio de la luz que se va y el inicio del sueño. Sin embargo de buena gana le exijo a mi coche llegar a donde no puede porque mi coche es una metáfora de mi vida, y a mi vida también le exijo lo imposible.


P.D. Aquí el poema de "No Cars Go" por cortesía de Roberto Cruz Arzabal.

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