29 ene. 2012

When you've got to feel it in to your bones

Ayer tuve dos calambres tan fuertes en la pierna izquierda que de momento no puedo caminar sin cojear. En la semana he tenido cinco calambres. Las razones (ya mis padres médicos me dirán que algo hice mal) son lo de menos. El hecho es que el último calambre me sucedió estando de pie: caí contra el piso; aún no pasaba el calambre y ya tenía que sobarme el rostro. Es una suerte que no viva ni de mi rostro ni de mis piernas. Tengo la costumbre de cojear ante una pierna que se duerme ante la menor provocación (en este momento mi padre, al leer esto, se debe enojar porque no he ido al médico hace tiempo) pero cojear con el dolor remanente de un calambre es diferente; mientras por lo general cojeo esperando que la circulación se restablezca, de momento cojeo con un dolor parecido a tener una varilla de metal atravesando mi pantorrilla.

Ese calambre que me llevó al piso, menos mal, me obligó a leer y escribir toda la noche. ¿Qué más puede hacer uno cuando no puede moverse de la cama y, claro, está solo?

Tengo la desagradable costumbre de crear metáforas a partir de cosas demasiado concretas y, para muchos, escasamente poéticas; en casi todos los talleres literarios a los que he asistido he sido criticado por mi léxico, que si bien para mí es cursi y limitado, para mis talleristas y compañeros es tosco y nada etéreo. Aunque no suelo emplear palabras como "llave estilson", otras como "bujía" me parecen fabulosas. Lo que quiero decir es que un calambre que me tiró al piso me pareció el acto poético (por supuesto involuntario) que me resumió la semana: caminas, tienes una meta (en mi caso la cocina) y algo te obliga a detenerte, dolerte y renovar tu amor por los analgésicos antes de seguir. Mis amigos han tenido fuertes calambres esta semana; estancados en casa o en el trabajo, por una desilusión general ante la vida, han estado acalambrados, sopesando el dolor y sus consecuencias o fingiendo que no pasa gran cosa. Yo he tenido calambres esta semana, sin duda menos fuertes, pero que a mi corazón de pollo le han valido una suspensión temporal de ciertas mínimas pero indispensables alegrías. Tuve, además, un calambre crucial: En la central de autobuses en Veracruz de regreso al DF. Por un retraso no pude abordar mi camión; por un error informático no pude abordar el segundo. Pasaron tres horas entre mi primer boleto y mi tercer y definitivo boleto de autobús. Fueron tres horas de un calambre: al quedarme por la fuerza tuve que abandonarme a la espera, el enojo y la obligada reflexión sobre el viaje. Entre gritar en el piso de la cocina por un calambre y aburrise y enojarse en dosis iguales en una central del ADO no veo diferencias.

Cosa rara (lo admito), el calambre de hoy me obligó a pensar en alguien más que no fuera mi persona: conozco a alguien cuyo calambre me preocupa en especial porque su calambre fui yo; sin querer suspendí su estabilidad, la obligué a detenerse y sobarse porque no me tenía contemplado. Fui una parada inesperada y obligatoria. Espero lo contrario, pero es probable que aún me lleve esa persona como a una varilla metálica en la pantorrilla. Ser el calambre de alguien una de las peores formas de ser recordado; ante eso es preferible el olvido. Aunque mis acciones lo merezcan en cierta medida, tampoco demando ser borrado. Más bien espero haya ocurrido una solución misericordiosa: una analgésico para esa persona. Si le preguntara me diría que ya lo ha tomado y ha servido, y no dudaría nunca en creerle, pero mi papel de calambre me exige verificar el alivio de un Flanax emocional y ofrecer disculpas aquí (lo cual es tonto porque sé que no lo leerá).

Ahora entiendo esas escenas ineludibles de las series de televisión, casi siempre al final de un capítulo fuerte, donde se aprecia a los personajes en estados contemplativos con música suave y melancólica de fondo: House rebotando una pelota contra la pared; Bones saliendo de la ducha y mirando el espejo, etcétera. Ahora entiendo que todos ellos tienen calambres. Ahora mismo me imagino a mis amigos y a mí en escenas similares (aunque con mejor música de fondo) sumidos en estados melancólicos sobándonos el alma por culpa de un caprichoso guionista. Pero no tomaré un analgésico.




 P.D. Nunca utilizo la palabra "alma" en un poema. Me parece más exacto decir "disco duro".

1 comentario:

R. dijo...

Con tu "P.D." sólo refuerzas más mi teoría en torno a la esencia del ser. Por otra parte, muy bueno el texto. Saludos