27 mar. 2009

Razones para escribir

Hay dos pasajes de la literatura escrita en este país que me llaman mucho la atención ultimamente. Estos son Obras completas (y otros cuentos) de Monterroso y El libro vacío de Josefina Vicens. En Obras completas, el cuento "Leopoldo (sus trabajos)" tenemos un tipo incapaz de escribir por miedo, por calma, por soberbia, detenido años y años en un cuento a todas luces infructífero. A su vez, El libro vacío es la historia en primera persona de otro tipo incapaz de escribir otra cosa que no sea acerca del porqué no escribe.

Los autores marcan su línea através del estilo; mientras Monterroso se burla de los escritores (el personaje vive, come, piensa, habla como escritor: pero no lo es), Vicens busca las razones de la creación (el personaje no tiene la vida que quiso, aunque la disfruta de buena gana, pero es precisamente la vida que lleva la que, siente, le impide escribir, le impide crear).

Sin embargo, los puntos clave en la postura de ambos personajes frente a la escritura son los que llaman más la atención: Los motivos y las razones que impiden escribir marcan la verdadera diferencia. Tenemos, por un lado, en el cuento de Monterroso, a un hombre cuyo único motivo para escribir es, en realidad, el ego; demostrar que puede escribir y que lo hace. Por supuesto, no escribe para decir algo, no escribe porque lo necesite. Lo hace para ser famoso, reconocido y completar el único trámite no cumplido en su estatus de escritor. Pero la razón por la cual no escribe es, según él, porque no está suficientemente preparado, a veces, o porque no tiene ese gran tema que nadie ha tratado nunca, las demás. Tácitamente decide que sólo será un verdadero escritor a lo grande; si no, no.

En el Libro vacío el asunto es distinto. El personaje tiene como único motivo decir algo, le es urgente decir algo. Pero no puede. No puede por más que lo intenta. O eso cree; su único paliativo para sobrellevar el no escribir es (oh, paradoja) escribir sobre que no puede escribir en el diario en que leemos la novela. ¿Y qué le falta a él para escribir? Muchas cosas, arguye. De entrada, talento, imaginación. No puede sostener una historia más de dos cuartillas. Pero también siente que le hace falta libertad; los problemas cotidianos con la familia, el trabajo y hasta a la amante lo hacen sentir vacío a la hora de cumplir con su necesidad. Se reconoce a sí mismo en su hijo menor, aunque a la vez le tiene envidia. Éste tiene todo el mundo para sí, convierte cualquier cacharro en un jugete, y transforma el espacio a su gusto con sólo decirlo: juega con el Mundo creándolo. Tiene, según el padre, el don del brujo, el don del poeta. El hijo reconoce ese mismo don de creador, de hechizero, en el padre. Sólo que el padre no se ha dado cuenta.

Como pueden ver, ambos caso son ciertos. Corresponden a diferentes personalidades, y, por lo mismo, es de suponerse, los resultados serán diferentes. Aunque en lo básico no: ambos terminan escribiendo. Mas sus logros son diferentes. Uno descubrirá con los años que su cuento siempre fue malo y sin salida, aunque llegó a mejorar su estilo. El otro, simplemente, lo consigue. Consigue escribir. Que no ser escritor. Aunque esto le vale madres; no es lo mismo, no siempre lo es, y no tiene porque serlo.

¿Conoces a alguien así? Puedo decir que conozco de ambas sopas. La segunda, por romántica y sincera, me agrada más.

De todos modos, aquí las palmas se las lleva otro. El contrapeso de ambos (aunque más cercano a el Libro vacío) es el personaje principal de Lejos de Veracruz, de Enrique Vila-Matas. Él nunca quiso ser escritor, siempre odio leer, siempre odio la imagen y la personalidad de su hermano que es escritor de novelas de viajes (sin moverse de su escritorio). A diferencia de su hermano, él viajó, descubrió el mundo y fue muerto por él, al mismo tiempo. Quizás su impulso más secreto, el cual lo llevaría a escribir, sería su lucha contra el tiempo. Tiene menos de 30 y se siente mucho más viejo. Para colmo, perdió el brazo izquierdo en su más cercano encuentro con la muerte. Ese impulso secreto lo podemos ver en un reloj en su sala que dice en una placa bajo las manecillas "quien mucho me ve pierde su tiempo". Sale al mundo para no ver pasar el tiempo, su tiempo. Lo pierde y sólo encuentra una forma de recuperarlo: escribiendo.

Así, emprende una encrucijada contra el tiempo y contra sí mismo. Se hace de una falsísima nostalgia por el Puerto de Veracruz, pues, según Enrique (así se llama el personaje), un escritor necesita un lugar que extrañar. Desde la primera frase del libro lo afirma: "Nadie sabe que a Veracruz y a sus playas lejanas no pienso en la vida nunca volver". Porque de volver perdería el lugar querido. Entonces, su única defensa, antes odiada, es la escritura. La única defensa es la escritura.

Será mejor que Enrique, mi tocayo, se explique solo:

-Ya lo comprendo. (...) Usted es escritor. Como su hermano mayor. ¿Verdad que no me equivoco?
-No, señor, no soy escritor.(...)
-¿Y los papeles escritos que le he visto? Los papeles sobre los que se ha quedado dormido.
-Me dedico a contarme a mí mismo mi vida. Eso es todo.
-¿Y eso no es ser escritor?
-No quiero ser escritor, sino escribir, que es algo muy distinto. No sé si capta usted la sutil diferencia.
(...)
- Pues es que a mi parecer la vida en sí no existe.
-¿Y qué existe pues?
-Quiero decir con esto que la propia vida no existe por sí mismo, pues si no se cuenta, esa vida es apenas algo que transcurre, pero nada más. ¿Me sigue?
-Le sigo.
-Yo pienso que para apresar y comprender la vida hay que contarla, aun cuando sólo sea a la almohada o a uno mismo.


Y así, a través y en contra del tiempo, comprende:
"Mi razón de ser hoy la encuentro en la escritura".

.
.
.
.

Lejos de Veracruz, Enrique Vila-Matas, Anagrama, Barcelona, 2007, 236 pp.
"Leopoldo (sus trabajos)", Obras completas y otros cuentos, Augusto Monterroso, Joaquín Mortiz, Ciudad de México, 1980, pp. 70-103
El libro vacío/Los años falsos, Josefina Vicens, FCE, Ciudad de México, 2008, pp. 9-219

21 mar. 2009

Tangentes de la vista de Raidohead a México

Esta semana, como ustedes sabrán, no ha pasado gran cosa. O sí: ha pasado gran cosa, pero nada que sorprenda verdaderamente, nada que no supieramos que iba a suceder. Sigue la crisis, sigue Obama sonriendo en la tele (no sé por qué), siguen niños enfermos de polio en África. Ah, casi se me olvidaba: sigue amaneciendo muertos por el narco y siguen en E.E.U.U. con su campaña contra México. (No nos hagamos güeyes; más allá de nuestros gravísimos problemas, eso es una campaña en contra).

Como pueden ver, no ha pasado nada. Pa colmo, Radiohead ahora se encuentra en Brasil. Y eso sí fue un acontecimiento: Radiohead visitó México. No importa si en Letras Libres una bola de gente y un imbécil (sí: los imbéciles no son gente, de hecho, no son nada) se pelean por si el In Rainbows fue un disco aburrido o no. No me importa, tampoco, si el asunto se volvió otra reunión condechi más, donde hordas de mensos en el concierto decían cosas como "esa rola ("Idioteque") es de sus primeras, wey", o si todos esperaban otra cosa del concierto. No, nada importa.

Importa que vinieron, tocaron, lo disfrutamos los que quisimos, lo disfrutaron ellos, y ya. Sanseacabó. Simplemente, fue el mejor concierto de mi vida.

Pronto la reseña. La hubiera colgado ya, pero esta reseña es más que un post para el blog; para mí, hablar de Radiohead es hablar de mi vida. Suena cursi, pero es cierto. Quizá, las dos decisiones más importantes de mi vida las tomé por Radiohead. Por eso me tomo la cosa en serio. Al fin de cuentas, tengo que tomarme mi vida en serio, ¿no?

De lo que sí hablaré es de un extraño sentimiento que me nació a apartir de la visita de Radiohead. Hubo un momento en que era iverosímil que mi grupo favorito estuviera en la misma ciudad que yo. Uno sabe (o supone) que ellos son gente común, que come y respira y tiene problemas y felicidades como cualquier otro. Pero uno los imagina lejos, siempre lejos. Como si más allá de Cuba todo fuera territorio desconocido. Y más para mí, que ni Cuba conozco. Es más: nunca me he subido a un avión. Noticias me han llegado de Radiohead en Chapultepec, en la Condesa, en el Centro, en Coyoacán, en todas partes. ¿Quién se imagina a Thom Yorke en el Jarocho con un café en la mano viendo que el menú de comida (basicamente tortas) no contiene ningún platillo vegano (amén)? Por poco, Radiohead y llega a Magdalena Contreras, caray. Y sin embargo no los vi.
Supongo es mejor así. Como esa magra e ingenua idea de Dios como un tipo que está en todos lados (¿un voyeur?) pero no puedes ni ver y mucho menos contactar. Obviamente ellos no son Dios: eso es lo más inquietante del asunto. Y sí supongo es mejor así es porque, quizás, no quiero saber cómo son en persona. Quizás no me caigan bien, quizás no sean buenas personas, y entonces toda una ilusión se rompería. Es entonces cuando doy gracias de no haberlos visto n el Metro o en la Condesa o donde sea que no fuera el escenario. Los prefiero así: de lejos, como esa magra y tonta idea que muchos tienen de Dios.



P.D.:

He aquí las pruebas de la existencia de Dios, perdón, Radiohead en México, directo desde la página del grupo:

Una prueba de sonido en un vacío Foro Sol:
Una mala foto de alguna calle de la Condesa, tomada por Jonny Greenwood:


Y la más importante de todas, ¡Jonny Greenwood en el Metro!:
¿Cómo la ven? Yo digo que es Metro Chilpancingo.

10 mar. 2009

YA MERITO

Hoy martes, mañana miércoles, luego jueves y viernes, entonces sábado y después

DOMINGO 15

el día más importante de mi vida.

El día en que veré a RADIOHEAD.

2 mar. 2009

Tres buenas y una mala

Lectura en Minería

Terminó ayer la Feria de Minería. Ayer, además, leí en la misma. Mezcla de nervios y júbilo. Fue grato.
Acompañados por casi todos los devras, Nayeli de mi parte, Andrés, Bere y Jos y Atenea (gracias a la casualidad, por cierto), leimos Iván y yo por invitación de Óscar de Pablo y David Hueta. En estas últimas dos palabras residen mis nervios. Tal y como lo comentó José Manuel y como se lo dije al mismo Huerta con el micrófono en mano, la última vez que vi al señor Huerta fue cuando me firmó Versión en la Casa Citlaltepetl; ahora leía en frente de él. Y no sólo eso: la vez pasada el firmó mi libro, Versión; ahora yo firmé para él el Paraiso en llamas.

Otra gran felicidad del día: ¡¡¡Se vendió 1 Paraiso en la lectura!!! Según mis cálculos, se han vendido unos 6 o 7 entre librerías y la Feria. Y de verdad me llena de felicidad tener esa amistad que es la lectura con amigos desconocidos. Lo bello de sean tan pocos los amigos, es que son más íntimos, supongo. Cuando Borges sacó su Fervor de Buenos Aires y se enteró que 200 personas lo habían comprado, quería conocer a cada uno de ellos y prometerles de viva voz que su siguiente libro sería mejor. Me emociona de igual modo; lástima que, al no ser Borges, no puedo prometer nada parecido, porque tendría que empezar diciendo que dudo guste el Paraiso, y de hacerlo, definitivamente no sería al grado de un libro de Borges.

Bueno, antes de que esto derive en el puro ego y el error de seguir promocionando una felicidad que tiene que ser por decoro unicamente personal y no pública, quisiera agradecer a Óscar y David Huerta por al invitación. Aunque dudo, este agradecimiento les llegue. Quizá por eso no agradecí en su momento a Epigmenio León por haberme invitado a leer a Bellas Artes. Supongo esas cosas deben ser en persona y de frente.

La línea es la pura onda

La estupidez, ésa que te lleva a meterte en coche al Centro y no llegar a tiempo fue la que hizo me perdiera la presentación de La línea del cosmonauta en Minería. Aurelio hoy me hizo llegar el más reciente número. Debo decirlo, La línea cada día es mejor. Han llegado al número diez, ése que, dicen, evalua la permanencia y el valor de las revistas de literatura. Y vaya que es su mejor número. Ojalá puedan conseguir la revista. De verdad es genial. Para un rápido ejemplo, la sección de poesía es una revista aparte, que además contiene una nota crítica sobre todos los poemas publicados. Si algún día revive (o, más bien, nace) Arena en el bolsillo, tenemos que hacer algo así. Criticar un texto simultáneamente con la publicación me parece una forma muy inteligente que mantener viva la reflexión.

Sentar un precendente

Releo los Autos Perdidos de Manuel de J. Jiménez, ahora en su versión impresa, y de verdad que me gustó un chingo. La reseña que le hicieron unos colegas abogados suyos me parece la hace justcia. Me late lo que hace el Manuel. Y, por cierto, me arrepiento de la carrilla por el "anis de chango"; ya nos constó a todos que no mentías, sí existe.

Bueno, ya fue sificiente, ahora, de hablar bien de mis cuates. Prometo hablar mal de todo mundo el próximo post.


Terruño de imbéciles

¿Brusco el cambio, no? Lo que pasa es que antier pasé largo rato revisando páginas de grupos neonazis. Todo empezó porque leí el artículo de esta semana de Heriberto Yepez en Milenio sobre Salvador Borrego, escritor neonazi, que, por desgracia y lógica, es un éxito de ventas (siempre y cuando se encuentren sus libros).

Busqué en wikipedia y de ahí pasé a unas entrevistas del mentado. Terminé revisando una página de neonazis española y sólo pude sentir asco. todavía me cuesta trabajo creer que exista gente así aún; palabras como "antisemita", "xonófobo", "rascista" y "homofóbico" para estas cucarachas son motivo de orgullo y admiración. Creen que México no puede considerase país debido a que no hay una "raza pura" ni homogeneidad. Así mismo, sostienen que el "extranjero", en cualquier faceta y tipo, es un enemigo. También creen que "el pináculo de la civilización es la raza blanca". Aseguran, no sin tergiversar las cosas y mintiendo en otras, que las diferencias raciales más bien son " de especies". Por supuesto para ellos la culpa de todos los males del mundo la tienen los judíos y los masones. Y su semi-dios es Hitler.

Sé que la descripción dada es la típica de un nazi. Pero me sorprende porque de verdad creí eso no debía existir ya. Estaba equivocado: gente enferma siempre ha habido y no hay razón para que deje de haber. Fromm describe a estos imbéciles ( o por lo menos al pináculo de su maldad, HItler), en su Corazón del hombre, a través del síndrome de decrecimiento que es, a grades rasgos, amor a la muerte y la destrucción, narcisimo (entendido como un egocentrismo extremo y negativo) e incesto ("la pureza de raza").

No dudo de su derecho a tener páginas de internet ( a pesar del desacuerdo con sus ideas), su derecho a expresarse. Dudo, eso sí, de la tangente: los cargos legales que pueden ostentar es difamación, por ejemplo y bajita la mano.

Creo que decir que son imbéciles es una clasificación justa, pero también limitada; puede haber imbéciles que ostenten buenas intenciones. Sonará ñoño, pero me parece necesario ponerlo auqneu ustedes ya lo sepan:
Imbécil proviene del latín in-baculus, es decir, quien no tiene dónde apoyarse. Y sí, no tienen dónde hacerlo. Pero lo que no dice la palabra, donde se queda corta es en eso que tampoco tienen: madre, humanidad, y (según Fromm referente al síndrome de crecimiento, contrario al que padecen) amor a la vida, respeto y comprensión por el otro, amor a la pluralidad y la hermandad.

Nos vemos.