31 dic. 2011

Sprawl II

El mundo empieza en el mar y termina en la selva.
El centro del mundo: entre las calles de San Andrés y Loma Bonita.
El mundo no es más que una extensión del mundo.
El mundo es un suburbio de mis suburbios.
El mundo es muy pequeño y por lo mismo infinito.


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25 dic. 2011

Do They Know It's Christmas?

Los trámites vehiculares (y todos sabemos, como dice un amigo, que Kafka es una nena comparado con la SETRAVI) me obligaron a visitar Parque Delta pocos días antes de Navidad. Aunque no soy un visitante recurrente de los centros comerciales, de alguna forma les tenía cierto cariño: Todo adolescente veracruzano tuvo una relación especial con Plaza Américas; en esa ciudad que encarna el aburrimiento cuando tienes 15 años, aquel centro comercial se convirtió en el sitio paradigmático de nuestra adolescencia. Ahí muchos tuvieron su primer beso, su primer contacto íntimo en lugares públicos, su primera desilusión (algunos tuvieron todo el mismo día) y por supuesto todos pasamos incontables horas de tedio sabatino dando vueltas a esa plaza: aún recuerdo muchas tardes que se antojaban infinitas viendo la avenida Ruiz Cortines, los hoteles y el mar desde la entrada del Sanborns. Nuestros primeros contactos con el amor y el aburrimiento insufrible estuvieron rodeados del olor artificial del aire acondicionado y el detergente industrial que hacía aún más blanco el piso.

Cuando llegué al DF y durante mi estancia en el heróico CCH Sur continué una costumbre que empecé en Veracruz y afortunandamente ya no conservo: pasar horas en el MixUp contemplando discos que jamás compraría y escuchando las últimas novedades hasta el cansancio. La soledad para mí es una tienda de discos donde siempre sales con las manos vacías. Igualmente adquirí la inconveniente idea de que contemplar algo es igual de fructífero que poseerlo. Tanto en Perisur como en Plaza Américas era conocido por los empleados del MixUp y más de una vez les pareció motivo de celebración que yo comprara algo. Sin duda compartía su alegría.

Desde entonces pensé en los centros comerciales como en sitios idóneos para la dispersión; un refugio casi zen donde uno se olvidaba de todo siguiendo el hipnótico brillo de los aparadores y las lecturas gratuitas en la sección de revistas del Sanborns. Los centros comerciales hasta hace poco me parecían lugares extrañamente agradables aunque casi nunca pusiera un pie en ellos. Todo cambió repentinamente esta semana.

Parque Delta, de entrada, es un lugar que no debería existir. Siempre que paso junto a esa plaza (y es seguido pues un querido amigo vive enfrente) pienso en el desaparecido parque de béisbol del IMSS donde algún par de veces vi partidos olvidables de ligas menores (porque el béisbol es otra encomiable forma de la dispersión). Mi padre, por su lado, conserva recuerdos nada agradables de ese sitio adyacente al Viaducto: si algo recuerda del terremoto del 85 es ese estadio de béisbol lleno de cadáveres. Ese hecho revela una triste certidumbre: todo lugar que fue construido para albergar la alegría pública puede servir eficientemente para reunir la tragedia generalizada. Al entrar a Parque Delta, luego de media hora de buscar estacionamiento (el Santo Grial de los capitalinos), noté que aún conserva la forma de un estadio: me es inevitable recordar unas gradas inexistentes en esos pasillos que desde un helicóptero se ven como una "L". Ante el estacionamiento lleno situado donde antes estaba la cancha del estadio preferí no recordar los temblores.

La Navidad es la forma más alegre de la histeria y la neurosis. A pesar de que aún faltaban algunos días para la Nochebuena, en Parque Delta ya se respiraba el inconfundible aire del pánico decembrino. Aunque no acudí a esa plaza a hacer compras decembrinas mi preocupación no era menor: yo iba motivado por el kafkiano pánico de los trámites vehiculares. Aún así me sentí fuera de lugar. Además del boleto de estacionamiento, no compartía nada con los visitantes de la plaza aquel día. La felicidad que es directamente proporcional a la deuda en las tarjetas de crédito me pone particularmente de mal humor. Pertenezco a esa clase de neuróticos que detestan la alegria ajena y plástica. Para colmo el mal humor exterior me tranquiliza. En esta epoca del año recibo una soreestimulación equivalente a pasarse con las pastillas para dormir y con el café. Abrigado por una taquicardia mental recorrí aquellos pasillos llenos de gente feliz buscando un módulo de Finanzas de DF que supuse inexistente. Di tres vueltas a la plaza sin éxito. En un lugar que se asume como el aleph de las mercancias no hallar lo que quieres es el peor pecado posible: casi al final de mi tercera vuelta me di cuenta que los vigilantes del lugar me veían sospechosamente: iba solo, sucio, con una barba inconfundiblemente árabe, y ese peinado que sólo pueden confeccionar las almohadas. De haber traído mis audífonos al menos hubiera pasado como un normal estudiante de Letras.

Me refugié en el MixUp donde recuperé mi ritual de ver discos que no compraré. Me encontré con el desolador firmamento de las rebajas y el nulo presupuesto. No podría entrar al grupo de los compradores histéricos pero felices aunque quisiera. Más desolador aún fue ver que en el MixUp ya no puedes escuchar música; las máquinas donde se exhibían las novedades habían desaparecido. Toque fondo al descubrir que en MixUp ya no venden música: apenas tres aparadores resguardaban ese joven cadáver que es el CD. En la magra sección de alternativo un padre joven y su hijo delinearon el ánimo de la época: el padre cogía ávidamente discos mientras su hijo preguntaba dónde estaban los Ipods. La siguiente pregunta tuvo proporciones trágicas: "¿para qué compras discos?" Nadie tenía la respuesta.

Busqué un disco: Total de New Order y Joy Division. Como todas las cosas ese día, no lo encontré. Me enojé por no poder realizar ese íntimo ritual mío: Por supuesto no iba a comprar ese disco, pero estaba dispuesto a contemplarlo largos minutos con devoción. Me dije a mí mismo que era mejor no continuar ese ritual: conformarse con ver lo que no puedes poseer ha definido mi relación con los discos, los libros, las personas. Incluso, como una extraña versión del Síndrome de Bergerac, acostumbro a regalar justo aquellos libros y discos que no tengo y me muero por tener. Ante la ausencia de Total en los aparadores me quedó claro que ya era tiempo de abandonar esa mala costumbre.

Di una vuelta más por la Plaza seguro de ser vigilado por las cámaras de vigilancia. Los vigilantes me miraban con recelo sin saber que pensaba lo mismo que ellos: yo no debía estar allí. Buscando ese módulo inexistente de Finanzas identifiqué otros tres tipos de visitantes que, al igual que yo, se sentían infelices en medio de tanta felicidad:
1) Los niños que saben que saldrán sin un juguete nuevo en las manos.
2) Los matrimonios jóvenes que sienten que están accediendo a una vida que en cierto modo desprecian: la vida inexorablemente adulta y aburrida: de pronto la rutina de ser ser "joven señor" y "joven señora" anula la posibilidad de pasar unas navidades jóvenes y disfrutables.
Y 3) Los ancianos fatalistas que esperan no ser visitados por la muerte en ese recinto.
Me identifiqué en su desgracia con los tres grupos de visitantes insatisfechos.

En esa plaza, donde si no comprabas de forma histérica eras un paria, recordé una impecable frase de O'Gorman: La Navidad es la venganza de los mercaderes por haber sido expulsados del templo. Porque sí, la Navidad para los no creyentes casi siempre se reduce a recibir los calcetines que no deseas, dormitar en la mesa sin saber si es por el pavo o la conversación, soportar el mal humor de los familiares porque sabes que es su forma más sincera de expresar cariño y dejar que aflore tu neurosis porque la felicidad artificial te repugna. También la Navidad a veces parece ceñirse únicamente a las compras apocalípticas, el tránsito insolente y los adornos que atentan contra la ecología y, peor aún, el buen gusto. Entre tantas envolturas, embotellamientos y tarjetas sobregiradas es inevitable preguntarse si alguien ya se dio cuenta de que es Navidad: ¿alguien ya se dio cuenta que estamos celebrando algo o sólo sufrimos gratuitamente?

Para no quedar antes los demás como malhumorados sin remedio, los no creyentes incluso recurren a las conmemoraciones laicas y alternativas: el natalicio de Newton, el natalicio de Mario Santiago Papasquiaro y el fallecimiento de Xavier Villaurrutia. Cuando se trata de darle sentido al sufrimiento decembrino cualquier motivo parece justo.

De mis navidades me quedo con los poemas de Brodsky, las sinceras felicitaciones, una canción de Lennon, la canción de Band Aid 20 (porque ahí tocan juntos McCartney y Radiohead), la comida que preparan mis seres queridos y el ánimo de celebrar que pasamos otro año casi ilesos. A todo eso agregaría la íntima tranquilidad que otorga el saber que la Navidad es sólo una vez al año.


21 dic. 2011

Thom Yorke: Todo está en el lugar correcto

Para Víctor Cosío Bañuls

Todo melómano guarda en su memoria ciertas fechas que considera sagradas. Fechas donde se concentra la historia del grupo preferido o del cantante al que prendemos nuestras veladoras. Debo aclarar que casi nunca el fanático recuerda las fechas adrede: por eso es un fanático. En mi mente dos fechas musicales son particularmente importantes: el 7 de octubre de 1968 y el 16 de junio de 1997. La primera es el natalicio de Thom Yorke, genio indiscutible y líder de Radiohead; la segunda es el día en que salió a la venta el Ok Computer, obra maestra del quinteto de Oxford.

Como con todas las fechas importantes, lo que en realidad importa de ellas es lo que sucedió antes y después: a muchos nos marcó ese 16 de junio porque ese día pudimos acceder a un disco que se volvería imprescindible para nosotros. Acaso ésa sea la marca de los grandes amores: en el primer encuentro uno sabe de inmediato que pudo vivir antes sin esa presencia, pero también sabe que ya no podrá hacerlo después. La primera vez que escuché completo el Ok Computer, allá por el año 2000, supe que no podría tener otro disco favorito; llevo once años convencido. Lo que no sabía cuando compré ese disco es lo que esa grabación de poco más de 45 minutos provocaría en mí: la música se volvería mi estilo de vida. Aunque ya tocaba la guitarra y leía mucho, el riff inicial de “Airbag” y su críptica letra (en especial porque mi inglés no era bueno) fueron una señal. Desde entonces mi destino se ligó irremediablemente a la literatura y la música.

Si hablo de mí en un texto sobre Thom Yorke es porque lo hago en calidad de evangelizado. Al igual que los cristianos que van de puerta en puerta contando cómo Jesús cambió sus vidas, narro primero mi historia para puntualizar la importancia de la música de Radiohead: mi historia es importante porque no es la única: a partir de ese 16 de junio cambiaron miles de personas.

Por supuesto, Thom Yorke no sabía que eso sucedería. De hecho, si algo ha marcado su vida es la incertidumbre: nació sano pero con un defecto en el ojo; los médicos y sus padres dudaban si Thomas Edward sería capaz de utilizar el ojo derecho. Seis operaciones y un par de años después salvó de todo peligro su ojo, pero se quedó con una marca perenne: un párpado caído que seguramente le valió muchas burlas crueles en la escuela.

Su amor por la música nació muy pronto. Desde chico aprendió a tocar la guitarra y el piano. Más tarde la música de Joy Division y los Talking Heads le dijeron que tendría que formar una banda. Aunque participó en algunos grupos de música electrónica antes de cumplir 16 años, fue hasta que entró a estudiar letras inglesas en Oxford que formó con sus amigos del bachillerato el grupo con el que se quedaría el resto de su vida. Al principio se llamaron On a Friday, en honor al único día que tenía disponible para ensayar. Eran tan pocas las esperanzas de éxito que incluso permitieron que entrara el hermano menor del bajista al grupo, con 15 años en aquel entonces. Colin, Phil, Ed, Jonny y Thom tuvieron que terminar la universidad antes de decidirse a ser rockeros de tiempo completo. Sólo Jonny dejó trunca su licenciatura en psicología.

En 1992 consiguieron un contrato discográfico con la única condición de cambiar el nombre de la banda. Thom no dudó en proponer el nombre de una canción de los Talking Heads: “Radiohead”. Ese mismo año lanzaron el EP Drill y grabaron su primer disco, Pablo Honey. El disco hubiera pasado sin pena ni gloria de no ser por una canción, “Creep”. Ese track simplón, hecho en homenaje a un pasajero desamor de Thom, brilló sólo por la estridente guitarra de Jonny. Paradójicamente, él ha declarado que hizo ese riff “para joder la canción”, pues no le gustaba. Acaso nadie recordaría hoy a Radiohead de no ser por las ganas de joder que tuvo Jonny en esa grabación. Pero nadie los recordaría igualmente si no hubieran sacado como primer sencillo de su segundo album, The Bends, una canción aún más estridente: “My Iron Lung”. Cuando todo creían que Radiohead no pasaría de un one-hit-wonder, ellos publicaron una sencillo que seguramente impresionó a más de un operador de radio: una balada común se convertía al minuto siguiente en una explosión que cantaba “This is our new song/just like the last one/ a total waste of time”.

Incluso con el éxito que les trajo el The Bends, nadie esperaba el Ok Computer: fue nombrado disco del año, de la década, incluso disco del siglo para algunos. Ciertamente ese LP marcó un antes y un después en el rock: recogía elementos de toda la tradición musical del siglo XX al mismo tiempo que marcó el futuro visible para el siglo XXI. No contentos con cerrar la historia musical de un siglo, fundaron el siguiente: en el año 2000 lanzaron el Kid A. Si al escuchar el Ok Computer vislumbramos el futuro del rock con el Kid A supimos a qué debía sonar el presente.

Desde entonces Thom Yorke es reconocido como el líder del “último gran grupo”; una etiqueta que ubica a Radiohead en un sitio central en la historia reciente del rock. Sólo un grupo como Radiohead sería capaz de cometer la hazaña de lanzar un disco sin disquera (con el In Rainbows, en el 2007), sin precio fijo a través de su sitio de Internet y volverse millonarios. Sólo Radiohead puede lanzar un disco poco complaciente como The King Of Limbs y recibir tantas felicitaciones. En estos tiempos donde el público desdeña a cualquier artista que aspire a ser leyenda, Radiohead es reconocido en cada artículo y reportaje como el mejor grupo del mundo. Pero, claro está, eso es lo de menos: lo que importa en sus discos es lo que sucede fuera de ellos: ahí estamos nosotros, los escuchas; los que consideramos las canciones de Yorke como obras maestras de la literatura y la música popular porque han dirigido y acompañado nuestra vida. Y hemos hecho lo posible para que él se entere: un 15 de marzo del 2009 en el Foro Sol vi a Thom Yorke con una cara de asombro; no podía creer que en el mismo país donde tuvo una pésima experiencia en 1994, ahora lo recibieran con tanto cariño. Ese día entendí que en realidad nosotros cambiamos su vida.

Más allá de los discos vendidos o los estadios llenos está el lugar donde la música cobra una importancia vital: cuando uno escucha en cualquier momento una gran canción está encontrándose con un amigo. Si una canción es genial no es mérito del cantante; es mérito de la canción. Una gran canción es un lugar: ahí miles de personas, incluyendo al autor, se encuentran para apoyarse, cambiar, llorar, reír, tomar aliento. Lo que hay entre el autor y el escucha es una hermandad, una amistad entre desconocidos. Thom Yorke, sí, es un genio, pero sobre todo es un amigo que jamás conoceré en persona. Radiohead ha hecho en sus canciones sitios para entender y continuar la vida. De eso se trata la música.

Este artículo apareció en la revista Diez/4 de Tijuana.
http://diez4.com/diez4/2011/extra-extra/thom-yorke-todo-esta-en-el-lugar-correcto/



17 dic. 2011

Still Fighting It

Ayer me referí a alguien categóricamente como "la peor persona que he conocido". Un amigo y mentor sólo atinó a decir que tengo una historia inconclusa con esa persona. Algo sabrá él. Sin embargo creo que las historias siempre continúan incluso cuando el autor deja de escribirla; incluso después de la última página la historia sigue: el autor sólo dejó de contarla. Dios sabe que este año fue difícil para mí. Al menos de este año me llevo la seguridad de que en los momentos importantes me comporté a la altura de las circunstancias. Eso no significa que no me equivoqué (Dios sabe que me equivoqué este año varias veces). De lo que me siento orgulloso es de haber aceptado que me equivoqué. Me siento conforme con haberme comportado "como un adulto" en el momento indicado. Crecer apesta, como dice la canción de Ben Folds. Como me dijo un amigo, parafraseándome de algún modo, "somos más viejos, pero no más sabios". Ni modo, así es esto de crecer; llevar una responsabilidad que no pediste. Últimamente no acepto un "nadie tiene la culpa" como respuesta: al menos la culpa es compartida. En estos días que el futuro me parece una visión del pasado sé que debo fijarme por dónde piso. Sin duda las historias continúan aun cuando ya nadie las cuenta. El hecho es que a mí me tienen sin cuidado las amargas continuaciones. Tengo mi propia historia.



13 dic. 2011

8.8 El miedo en el espejo de Juan Villoro

Esta reseña se publicó hace tiempo en El Horizontal.

A propósito del terremoto de Japón, Heriberto Yépez lanzó hace poco una pregunta en su columna semanal: ¿Cómo narrar la catástrofe? ¿Es posible utilizar las palabras para nombrar la destrucción? ¿Es posible hacerlo bien? Menciono lo dicho por Yépez, más que para aventurar una respuesta, para valorar el reto que fue para Juan Villoro escribir sobre su experiencia durante el terremoto de Chile.

¿Por dónde empezar?, habrá pensado el cronista, ¿por su relación con Chile, su experiencia en el 85, los minutos que duró el temblor? El cronista elige: lo mejor es empezar por las piyamas. ¿Por qué las piyamas? Porque fue lo primero en lo que autor reparó al salir del hotel aquella noche telúrica, en el uniforme nocturno de sus compañeros.

¿Y luego? ¿Qué más se puede decir de un terremoto que movió el eje de la Tierra, la duración de los días? Se pueden decir muchas cosas, pero lo mejor es sugerirlas. El terror absolutamente real se puede escribir mejor no diciéndolo, sino mencionando, mejor, aquello que lo acompaña, lo que lo presagia, lo que sigue después. Por eso Juan Villoro abunda en las coincidencias, en las premoniciones y en los recuerdos que todo mexicano alberga sobre el movimiento de la Tierra. Igualmente aborda la cronología de su visita al país del sur: su trabajo lo llevó a un encuentro de literatura infantil; la tierra tembló una madrugada mientras dormía en el hotel; pasado el temblor, el gobierno mexicano fue incompetente para repatriar a tiempo a los mexicanos. Pero también escribe sobre las preocupaciones inmediatas, las llamadas telefónicas al otro hemisferio del mundo, un cuento alemán escrito hace cien años sobre un temblor en Chile y, por supuesto, sobre la sorpresa de salir vivo.

Importa en el libro lo que dice el autor, pero también es fundamental lo que no dice. Villoro, que desde siempre usa versos de Velarde en sus textos para ahondar en cualquier situación, curiosamente, en este libro no menciona la ausencia más obvia: “El sueño de los guantes negros”. No usa aquel poema cuya importancia mayor se debe a sus ausencias porque 8.8 El miedo en el espejo es su propio “sueño de los guantes negros”. Conforme pasan las páginas, parece que Villoro se guarda las cosas, las retiene, o de plano las esconde; sucesos, opiniones que uno espera oír y nunca son proferidas; a veces incluso la puntuación escapa, se extravía. Tarde o temprano uno entiende: están ahí, en lo que no está escrito.

No obstante, 8.8 El miedo en el espejo es uno de los libros más personales de Villoro: en él nos acompañan su familia, sus amigos de toda la vida, su forma de dormir, su experiencia con los temblores, su infancia, sus colegas, las historias que le contaron, las que vivió, las que leyó y, claro, las piyamas. Nos acompaña en el libro también un truco que Villoro aprendió traduciendo a Lichtenberg: el aforismo. En más de una ocasión se leen sentencias que resumen toda una experiencia telúrica. Una de las frases más contundentes de todo el libro es aquella que se lee en el separador que acompaña el volumen: “Los mexicanos tenemos un sismógrafo en el alma”.

Aquel lector que nació en donde se juntan placas tectónicas se verá en este libro: se trata de un libro-espejo, y por eso importa lo que no se dice: lo que se ve no se juzga.

11 dic. 2011

Stretch Out And Wait

Will the world end in the night time ?
(I really don't know)
Or will the world end in the day time ?
(I really don't know)
The Smiths

Desperté en la tarde, casi de noche, después de haber dormido unas pocas horas. El día anterior y la mañana del sábado estuvieron plagados de momentos en parte difíciles y en parte memorables. Fiel a sus costumbres, la naturaleza no toma en cuenta nuestro estado de ánimo o nuestra prevención; estaba en la cama fingiendo no haber despertado cuando empezó a temblar. Habitar un cerro de roca volcánica trae consigo algunas pequeñas seguridades: aun viviendo en la Ciudad de México, difícilmente un terremoto podría derrumbar mi casa; antes de que eso pasara el resto de la urbe desaparecería.

Al principio del temblor, que me sorprendió por su magnitud mas no me espantó, pensé en aquellos que no pueden darse el lujo de quedarse en la cama mientras tiembla: si se sentía con fuerza aquí, en el valle algo, mínimo un mosaico, se debía estar cayendo. Sólo hasta que pasaron 30 segundos o más del temblor decidí salir de la casa. Esa duración anormal no tenía buena pinta. En el recorrido hasta la puerta le dije mentalmente a las paredes "stretch out and wait". Acaso por ser una emergencia menor y por no verme en peligro me di el lujo de citar sin querer una canción de los Smiths. Sin embargo la consigna aún me parece precisa: muros, aguanten y esperen; estírense y esperen: esperen, al menos, a que yo salga.

Afuera me esperaba la ironía de la naturaleza: lo primero que vi al salir fue la luna llena, indiferente al pánico que más de uno vivió durante el temblor. Recordé de inmediato la cuarentena que propició la influenza hace dos años en la ciudad. En particular recordé que en algún día de encierro vi un águila pasar frente a mí en el patio para posarse después sobre el cableado eléctrico. En aquellas semanas, donde el sentimiento más común fue la vulnerabilidad, aquella águila paseaba sin miedo al contagio. Nunca olvidaré esa imagen que ya es para mí un símbolo de lo invencible. Esta vez la luna llena me pareció un símbolo del desdén de la naturaleza hacia nosotros.

Aunque escribió una excelente crónica sobre el más reciente terremoto en Chile, 8.8 El miedo en el espejo, Juan Villoro dice en el prólogo de Tiempo transcurrido que los temblores no le parecen asuntos literarios: "Desconfío de aquellos que en momentos de peligro tienen más opiniones que miedo". Sin embargo el temblor de ayer, al no rozar la catástrofe, se prestó para muchas cosas: Nunca he vivido una situación de peligro mortal ni una emergencia propiciada por la naturaleza; los huracanes y demás fenómenos naturales me son ajenos. Aun así, el más mínimo temblor me recuerda la fragilidad de todas las cosas. Ante esa mínima probabilidad de no vivir para contarla pienso irremediablemente en las cosas que no he hecho y en las cosas que no he dicho: pienso en que he perdido el tiempo. Los pequeños temblores son propicios recordatorios para evitar la procastinación.

Afuera de la casa y a oscuras me supe previsiblemente ileso. Aún debía confirmar que en el valle, habitado por gente que quiero, no había ocurrido lo peor. Twitter me reveló que no había pasado nada realmente, al menos en la Ciudad de México. Pronto mis amigos empezaron a reportarse y compartir el susto. La narración del miedo sólo es posible sugiriéndolo: aludían a él a través de la experiencia: El que desde el cuarto piso bajó para presenciar un mínimo apocalipsis en la acera por el desalojo de un centro comercial; quien tuvo que pasar el temblor en un edificio de la Condesa, colonia siempre apta para vivir y pasear, pero nunca la mejor para sortear movimientos telúricos. Noté que para muchos el miedo o la falta de sosiego provenía no del temblor presente sino de los futuros y los pasados. Dice Juan Villoro que los mexicanos tenemos un sismógrafo en el alma. Cierto. Lo malo es que dicho sismógrafo nunca podrá ser exacto al predecir en el momento si este temblor será aquel que iguale al trágico temblor del 85; si este será el terremoto que siempre estamos esperando. Otros no pueden evitar sentir miedo por el pasado: cada nuevo temblor les remueve la memoria: les recuerda una ciudad vuelta añicos.

En mi caso, sólo puedo hablar de algunas cosas a través de su ausencia: a veces uno sabe qué tan importante es el éxito o el amor porque es justo lo que falta en el paisaje. La imagen más clara que conservo de un temblor que no viví, el del 85, es la colonia Juárez. No puedo ver aquellos parques improvisados, aquellas canchas de futbol hechas de concreto, sin pensar que ahí antes se levantó un edificio. Me aterra imaginar que el lugar donde uno vive puede no existir al día siguiente y que alguien más sólo reconocerá nuestros sitios por el vacío posterior. Esos parques, esas canchas, acaso son otra forma de los escombros. El terremoto que aún no llega lo conocemos en la Ciudad de México por su afortunada ausencia: está en esos segundos que no duró este temblor, en la magnitud que no alcanzó.

Más tarde, pasado el susto, bajé al valle en coche y me encontré calles oscuras, vidrios rotos y pequeñas cuarteaduras a medida que me acercaba al centro de la ciudad. Vi que un edificio se quedó sin mosaicos en la planta baja y supe que, al menos por unos días, ahí habría una ausencia: un vacío en el paisaje: un recordatorio.

Al no ser una catástrofe puedo llevar a mis terrenos este temblor. Puedo decir que no quiero que en los momentos de peligro me atraviese el pensamiento de que faltó algo por hacer. Como dije al principio, había tenido días agitados desde antes de que temblara; por lo mismo, sería tonto de mi parte no haber aprendido algo este sábado telúrico. Por nada del mundo quiero que el futuro me alcance. Uno también tiene paredes (y son frágiles) y en las emergencias emocionales no está de más decirse "aguanta y espera, aguanta y espera", porque, más allá de las consecuencias, todo pasa en algún momento, como los temblores.





8 dic. 2011

Ready To Start

Fui hace poco a las oficinas de Conaculta. La primera vez que fui a molestar allá tenía 17 años. Ahora que fui me di cuenta que fui a despedirme. Desde hace tres años fui varias veces al año a molestar, a preguntar por mi manuscrito. Luego fui varias veces a firmar papeles. Ahora no tengo motivos que justifiquen mi presencia. He cumplido un ciclo con un libro que empecé a escribir en mayo del 2007. Ahora tengo muchos proyectos que me rompen la cabeza pero al mismo tiempo tengo un poco de confianza. Y bueno, ahora es comenzar otra vez; seguir peleándome con el teclado, seguir intentando. "Intenta de nuevo, fracasa de nuevo, fracasa mejor", diría Beckett.

Este año en que abandoné mucho el blog ha sido especial. Tuvo cosas buenas y cosas malas. En los últimos seis meses todo se ha reducido a empezar otra vez con todo. Entre otros libros, he seguido escribiendo uno que empecé hace casi un año y aún no rinde frutos, pero he sido feliz haciéndolo. Además, ese libro ha tenido un carácter insólito: al principio pensé que era sobre mi pasado y cada vez se parece más a mi presente; y no porque escriba, como tal, sobre lo que me sucede ahora, sino porque pareciera que lo bueno y lo malo que aparece en él reaparece en mi vida. No es algo sobrenatural; sólo es algo extraño. Al menos sé que si esa ficción se confunde un poco con mi realidad debo esforzarme en que ambas cosas tengan un final apropiado, decoroso.

El otro hecho particular de este año fue el descubrimiento de una enfermedad: Síndrome de fase de sueño retrasada. He tenido que aprender a dominar mi cuerpo; si lo logro (y más o menos he podido) puedo dominar cualquier cosa, como el teclado, por ejemplo.

Una canción ha sido fundamental este año para mí: "Ready To Start". En los Grammy de este año Arcade Fire ganó el premio a disco del año. Ni ellos lo esperaban. Recibieron el premio y luego tocaron una canción para cerrar el acto. Fue inolvidable verlos cantar, con un grammy sobre el amplificador, "estos empresarios están bebiendo mi sangre como los chicos de la escuela de arte dijeron que lo harían". Nada más cierto que la frase siguiente: " y creo que que sólo estoy empezando de nuevo." Porque sí, así es siempre, todos los días, como hoy que logré despertar a tiempo. (Y les juro que me felicito). Los cursis tenemos la suerte de levantarnos con cualquier pretexto. Si el año pasado todo fue para mí "The Suburbs", ahora estoy en el segundo track. De todo esto me di cuenta al salir de un edificio en Reforma; de que estaba en otro ciclo: campanas de Gauss (un campana dentro de otra), olas en las frecuencias (una misma línea con diferentes picos); la explicación teórica es lo de menos: El chiste es estar listo para empezar, otra vez.